—Gracias...

—Pero usted había salido antes que yo llegara. Había ido, según me dijeron, a correr por las calles divirtiendo a los chicos, y sirviendo de entretenimiento, con sus discursos, a los desocupados de los cafés y de la Puerta del Sol.

—¡Yo!

—Descansé un poco. Todo el día lo he empleado en arreglar mi casa. He buscado una sirviente, he hecho parte de lo mucho que hay que hacer cuando se ha tenido todo abandonado por una ausencia de cinco meses. Ya muy entrada la noche, sentí pasos en la escalera, y después lamentos y quejidos como de una persona enferma. Salimos y hallamos al gran don Patricio tendido boca abajo. Los vecinos salieron, y unos decían: «¡Buena turca ha cogido!». Otros: «¡Ya las pagó todas juntas!». ¡Cómo reían algunos!... «El maldito viejo ya echó su último discurso...». «Qué feísimo está». Don Juan de Pipaón dijo: «No tiene sino hambre. Denle a oler sopas, y verán como resucita...». Me pareció que esta opinión era la más razonable. Entre el mancebo de los Cordero, mi criada y yo entramos el cuerpo desmayado en mi casa, que estaba seis escalones más arriba; le tendimos en ese sofá...

—Conste que yo no entré por mi pie, que no pedí... —dijo Sarmiento con viveza, arqueando las cejas.

—Le abrigamos bien; vino el veterinario del sotabanco, y dijo que usted padecía estos desvanecimientos desde que había dado en el hito de hablar mucho y no comer... Yo había cenado ya: al momento dispuse otra cena para el nuevo huésped.

—Traído por fuerza, es decir, cogido, secuestrado, usurpado durante su desmayo.

—Mandé venir un médico mientras hacía la cena —añadió Sola, observando con la mayor complacencia el buen apetito de Sarmiento—. Creí que al pobre hombre no le vendrían mal estos cuidados. Yo dije para mí: «Cuando se ponga bueno y se le despeje la cabeza, abrirá de nuevo la escuela, se llenarán sus bolsillos, y podrá vivir otra vez solo y holgado en su casa. Entre tanto lo conservaré en la mía, si quiere, y partiré con él lo poco que tengo».

—¡Cuidarme, conservarme aquí, darme asilo!... —murmuró don Patricio con estupefacción y aturdimiento.

—Me han dicho que el casero le va a plantar a usted en la calle esta semana.