—Ese troglodita será capaz de hacerlo como lo dice.
—En aquel cuarto le he preparado a usted una cama —manifestó Soledad, señalando una alcoba cercana.
Don Patricio miró y vio un lecho, cuyas cortinas blancas le deslumbraron más que si fueran rayos de sol.
—¡Una cama!..., ¡para mí!..., ¡para mí que hace cinco meses duermo en el suelo!...
—Aquí podrá usted vivir. Yo estoy sola; quizá lo esté por mucho tiempo —añadió la joven poniendo delante del anciano un plato de uvas—. La casa es demasiado grande para mí... No tendrá usted que ocuparse de nada..., le cuidaré, le alimentaré.
—¡Me cuidará, me alimentará!... Repito que esto es magia.
—Es caridad... ¿Por ventura no entienden de caridad los patriotas?
—Sí entendemos, sí —replicó Sarmiento tan aturdido ya que no sabía qué decir—. ¡La caridad!, sublime sentimiento. Pero no ha de sobreponerse al tesón ni a la fijeza de ideas. La caridad puede llegar a ser un mal muy grande si se emplea en los enemigos de la patria, en los ministros del error... ¿Qué le parece a usted?
—Que las uvas no deben ser ministros del error, según usted las acoge.
—Están riquísimas... Yo, ¿cómo negarlo?, agradezco a usted sus obsequios... Quizás pueda algún día corresponder a tantas finezas con otras igualmente delicadas... ¿Conque dice que me dará una cama?...