—Aquella...

—¿Y desayuno?

—También.

—¿Y comida?...

—Y cena. Soy pobre, pero tengo para vivir algún tiempo. Después Dios nos dará más. Ya ve usted que si a veces quita, también da cuando menos se espera.

—Es cierto, sí, es cierto —dijo Sarmiento con viva emoción que se apresuró a disimular—. Pero me asombra una cosa.

—¿Qué?

—La poca memoria de usted.

—¿Poca memoria? En verdad no es mucha —dijo Sola ofreciéndole un vaso de agua—. A veces no sirve la memoria sino de estorbo.

—Pues sí —añadió Sarmiento, mascullando las palabras y algo cortado—. Usted no se acuerda... de que yo... no era santo de la devoción de su papá de usted... Porque que digan arriba, que digan abajo, su papá de usted conspiraba. Así es que yo... Mire usted, siempre que me acuerdo de esto, tengo una congoja... Cierta noche, cuando llevaron preso al señor Gil de la Cuadra, yo... Repito que él conspiraba y que hacían bien en prenderle... ¿Usted recuerda...?