Soledad, pálida y abatida, miraba fijamente el mantel.
—Usted recuerda que su papá..., cuando le pusieron las cadenas, ¿eh?..., pues sí, parece que tenía sed. Me pidió agua y yo no se la quise dar. Hice mal, mal, mal; aquello fue una bellaquería, una brutalidad..., una infamia: seamos claros. Más adelante, cuando vivían ustedes en casa de Naranjo..., que, entre paréntesis, era un gran bribón, yo..., en fin, recordará usted que la noche que murió el señor Gil de la Cuadra, me metí en la casa con otros milicianos para registrarla... Confiese usted que teníamos razón, porque su papá de usted conspiraba, es decir, nones, ya no conspiraba por causa de estar muerto; pero...
La confesión de sus brutales actos de fanatismo costaba al preceptor sudores y congojas; pero sentía la necesidad imperiosa de echar de sí aquel tremendo peso, y como con tenazas iba sacándose las palabras.
—Ello es que yo me porté mal aquella noche... Verdad que éramos enemigos; que él conspiraba contra la libertad; que yo tenía una misión que cumplir..., el gobierno descansaba en mi vigilancia... Pero de todos modos, señora doña Solita, usted no obra cuerdamente al tratarme como me trata.
—¿Por qué? —dijo la joven alzando sus ojos llenos de lágrimas.
—Porque somos enemigos políticos.
Bañado el rostro en lágrimas, Sola se echó a reír, lo que producía singular contraste.
—Porque somos enemigos encarnizados..., porque me porté mal, y si ahora salimos con que usted me da carne y mesa... Además, mi dignidad no me permite aceptarlo, no, señora. Parecerá que he cedido en mis opiniones..., que transijo con ciertas ideas.
Sola reía más.
—Usted se burla de mí. Bien: no hablemos más del asunto. Se me figura que usted me perdona aquellos desmanes. Bien, muy bien. Reconozco que es un proceder admirable; pero yo..., póngase usted en mi lugar...