—Me parece —dijo Sola— que ya es hora de que se acueste usted.
—¡En esa cama! —exclamó Sarmiento con incredulidad y abriendo mucho los ojos.
—En esa.
—¡Y tiene colchones!
—Y manta... Ya que tiene usted repugnancia de aceptar lo que le ofrezco, no insistiré —indicó la muchacha con malicia—; pero valga mi hospitalidad por esta noche. Mañana se volverá usted a su casa.
—Bien, bien —dijo Sarmiento—. Por vida de la chilindraina, que es una excelente idea. Mañana lo decidiremos, y esta noche, como estoy tan cansado... En verdad, ¿para qué necesito yo colchones ni platos exquisitos, si están contados mis días?... ¡Ay! La pérdida de mi hijo me ha secado el corazón. Para mí ha concluido el mundo. Conozco que estoy de más, y me apresuro a emprender el viaje. Pero ha de saber usted que mi idea es morir gloriosamente, mi plan tener un fin que corresponda a la grandeza de las doctrinas que he sustentado en vida. Yo no puedo morir como otro cualquiera, señora doña Solita, y aquí me tiene usted en camino de llenar una página de la historia.
Sola parecía inquieta oyendo los disparates de su huésped.
—Sí, señora —añadió Sarmiento exaltándose y echando lumbre por los ojos—. Voy a morir por la patria; voy a morir por la libertad, por esa luz que ilumina el mundo; voy a ser mártir; voy a elevar mi frente como los héroes, conquistando con un fin heroico la inmortalidad.
—Lo que yo veo es que no iban descaminados los que me dijeron...
Don Patricio se levantó, y tomando una actitud de estatua, prosiguió de este modo: