—¿A qué arrastrar una vejez oscura y miserable, cuando las circunstancias me brindan con la inmortalidad? El ejemplo de ese héroe a quien he visto conducido como los criminales, y que subirá al Calvario dentro de poco, me sirve de guía. ¡Oh luz de mi inteligencia, bendita seas por haberme inspirado esta idea!
Pasando luego bruscamente al tono familiar, dijo a Solita:
—Pocos días me restan de vida. Quizás tres, quizás dos, quizás uno solo. Como he de molestar por tan poco tiempo, apreciable señora, me quedaré aquí.
—Está muy bien pensado. Ahora a dormir.
Vino el médico que habían llamado, y Sarmiento le despidió de mal talante, diciendo que no necesitaba medicinas, porque para él, el cuerpo no era nada y el alma todo. Advirtió el médico reservadamente a Sola que le encerrara si tenía empeño en que tal estafermo viviese. Después de la partida del galeno, don Patricio mostró deseos de acostarse.
—Buenas noches, señora —dijo el preceptor entrando en la alcoba—. ¿Tomaré mañana chocolate?
—¿Eso había de faltar? Si no fuera por esa dichosa muerte heroica que le espera, lo tomaría usted muchos días. ¡Qué necedad privarse de ese gusto por la gloria, que no es más que humo!
—Usted habla en broma —dijo don Patricio, cuya voz se oía débilmente desde la sala, porque había cerrado la puerta para acostarse—. No puedo comprender que su claro entendimiento compare unas cuantas onzas de soconusco con la inmortalidad y la gloria... ¡Ah!, señora mía, lo único que me consuela de la pérdida que acabo de experimentar, es el saber que mi adorado hijo está gozando de esa inextinguible luz de la gloria, premio justo de los que han muerto defendiendo la libertad. ¡Mártir sublime, que Dios te bendiga como te bendigo yo!..., ¡yo que me apresuro a imitarte!... Solita, ¿se ha marchado usted?
—No, señor; aquí estoy oyéndole con mucho gusto. ¡Cuánto siento la muerte del pobre Lucas!... ¡Era tan buen muchacho!...
—¡Válgame Dios lo que he perdido! Era un dechado de virtudes —dijo Sarmiento dando un gran suspiro— y de amor filial. Su inteligencia superior se remontaba a las más altas concepciones. Su valor indomable no tenía igual, y creeríase al verle que en él había resucitado un héroe antiguo. Vamos, que en aquel famoso 7 de julio dejó bien puesto el pabellón... ¡Pobre hijo mío! Sus nobles facciones eran idénticas a las de su madre. ¡Si supiera usted cuán hermosa era mi Refugio!... ¿Está usted ahí, Solita?...