—Aquí estoy. Sí, debía de ser muy hermosa doña Refugio.

—¡Ah! ¡Si usted la hubiera visto!... ¡Qué boca!..., ¡qué ojos!..., ¡qué pie!... Me parece que la estoy mirando. La llamaban la diosa de Calabazar del Buey, por ser este el lugar de su nacimiento... ¡Oh dulces memorias!, ¿por qué venís a atormentarme en estas aflictivas horas?... Yo me enamoré de Refugio como un insensato, porque siempre he sido así, un fuego vivo. ¡Cuánto me costó sacarla de la casa paterna!... En fin, nos unimos en dulce lazo el día de la Encarnación... Por Nochebuena nació nuestro Lucas, que parecía una bola de oro y manteca... ¡Oh tiempos!... ¿Señora doña Solita...?

—¿Qué?

—¿Se ha marchado usted?

—No, señor; aquí estoy.

—Parece que se ríe usted.

—De ningún modo.

—Hágame el favor de abrir la puerta porque deseo verla a usted antes de dormir. Es una necesidad de mi pobre espíritu.

Soledad abrió. Completamente arrebujado en las sábanas, don Patricio no mostraba más que la cabeza.

—Está usted mucho más guapa que cuando vivía el señor Gil de la Cuadra —insinuó el viejo.