Uno que parecía jefe de los aparejadores balbució algunas excusas que no debieron de satisfacer al vestiglo, porque al punto soltó por su abominable boca nueva andanada de denuestos.
—¡Ahora mismo, ahora mismo, canallas!..., quitarme de ahí ese juguete, si no quieren que los cuelgue en él... Traigan los palos grandes, los más grandes, aquellos que estaban la semana pasada en el canal... ¿Entienden lo que digo?... ¿Hablo yo en castellano?... Los palos grandes.
Otra vez se disculparon los aparejadores; pero el del bastón repitió sus órdenes.
—Si hace falta más gente, venga más gente... Estos holgazanes no comprenden la gravedad de las circunstancias, ni están a la altura de un suceso como este... ¡Por vida del Santísimo Sacramento, que yo les haré andar a todos derechos!... Señor Cuadrado, lleve usted al canal a todos los operarios de la villa para transportar esos leños, y si no iré yo mismo, que lo mismo sirvo para un fregado que para un barrido.
Tres horas más tarde, el deseo de aquel hombre tan atroz se empezaba a cumplir, y la gente allí reunida (porque había más gente) vio que se elevaban con majestad dos maderos como mástiles de barco, gruesos, lisos, hermosos.
—¡Ah, muy bien! —dijo el endriago, observando desde lejos el golpe de vista—. Esto es otra cosa. Así es como el gobierno quiere que se haga. ¡Magnífico efecto!
Sus miradas de satisfacción recorrieron toda la plaza por encima del mar de cabezas, y parecía decir: «¡Feliz el pueblo que tiene al frente de su policía un hombre como yo!».
Clavados los altos maderos, los aparejadores se ocuparon en atar la traviesa horizontal. El efecto era soberbio.
Daba nuevas órdenes para perfeccionar tan bella obra el formidable polizonte, cuando se llegó a él un hombre cuadrado y de semblante oscuro e indescifrable, que le saludó cortésmente.
—¿Qué te parece, Romo, lo que hemos hecho? —dijo el del bastón, cruzando atrás las manos con el emborlado instrumento de su autoridad.