—¡Oh! es la mayor que se ha elevado en Madrid —repuso contemplando la horca—. Y si hubiera maderos de más talla, a mayor altura la pondríamos. Esto debiera verse de toda España.
—Desde todo el mundo; que fuera de aquí también hay pillos a quienes escarmentar... Yo traería mañana a esta plaza a todos los españoles para que aprendieran cómo acaban las porquerías revolucionarias... No hay enseñanza más eficaz que esta... Como el nuevo gobierno no se nos meta por el camino de la tibieza, habrá buenos ejemplos, amigo Romo.
—Es que si se empeña en ir por el camino de la tibieza —dijo Romo dando un golpe en el puño de su sable—, nosotros no le dejaremos ir...
—Bien, bien, me gustan esos bríos —afirmó un tercer personaje, casi tan parecido a un gato como a un hombre, y que de improviso se unió a los dos anteriores—. No ha salido el rey de manos de los liberales para caer en las de los tibios.
—Señor Regato —dijo el del bastón—, ha hablado usted como los cuatro evangelios juntos.
—Señor Chaperón —añadió Regato—, bien conocidas son mis ideas... ¿Ve usted esa horca? Pues todavía me parece pequeña.
—Se puede hacer mayor —dijo el que respondía al nombre de Chaperón—. Por vida del Santísimo Sacramento, que no se quejará el cabezudo..., y su bailoteo será bien visto.
—¿Conoce usted la sentencia? —preguntó Regato.
—Será conducido a la horca arrastrado por las calles —dijo Romo—. Si hubieran omitido esto los jueces, habría sido una gran falta.
—Es claro; hay que distinguir... Según pedía el fiscal, la cabeza se colocará en el pueblo donde dio el grito nefando el año 20, y el cuerpo se dividirá en cuatro cuartos.