—Para poner uno en Madrid, otro en Sevilla, otro en Málaga y otro en la Isla —añadió Chaperón, dando gran importancia a tan horribles detalles.
—Pues ayer se dijo..., yo mismo lo oí..., —afirmó Regato—, que los dos cuartos delanteros quedarían en Madrid. Yo no lo aseguro; pero así se dijo.
—En puridad —dijo Chaperón—, esto no es lo más importante. En vez de perder el tiempo descuartizando, buscaremos nueva fruta de cuelga, que no faltará en Madrid... ¿Pero qué alboroto es ese?... ¿Por qué corre mi gente?
Volvió los saltones ojos hacia Nuestra Señora de Gracia, donde los grupos se arremolinaban y se oía murmullo de vivas. El fiero jefe de la Comisión militar frunció el ceño al ver que el buen pueblo confiado a su vigilancia relinchaba sin permiso de la policía.
—No es nada, señor Chaperón —dijo Regato—. Es que tenemos ahí a nuestro famoso Trapense.
—Hace un rato —añadió Romo— venía por Puerta de Moros con su escolta. Entró a rezar en Nuestra Señora de Gracia, y ya sale otra vez. Viene hacia acá.
En efecto, avanzaba hacia el centro de la plaza la más estrambótica figura que puede ofrecerse a humanos ojos en esos días de revueltas políticas, en que todo se transfigura, y sale a la superficie, ensuciando la clara linfa, el légamo social. Era un hombre a caballo, mejor dicho, a mulo. Vestía hábitos de fraile y traía un crucifijo en la mano, y pendientes del cinto, sable, pistolas y un látigo. Seguíanle cuatro lanceros a caballo, y rodeábale escolta de gritonas mujeres, pilluelos y otra ralea de gente de esa que forma el vil espumarajo de las revoluciones.
Era el Trapense joven, de color cetrino, ojos grandes y negros, barba espesa, con un airecillo, más que de feroz guerrero, de truhan redomado. Había sido lego en un convento, en el cual dio mucho que hacer a los frailes con su mala conducta, hasta que se metió a guerrillero, teniendo la suerte de acaudillar con buen éxito las partidas de Cataluña. Conocedor de la patria en cuyo seno había tenido la dicha de nacer, creyó que sus frailunas vestiduras eran el uniforme más seductor para acaudillar aventureros, y al igual de las cortantes armas puso la imagen del crucificado. En los campos de batalla, fuera de alguna ocasión solemne, llevaba el látigo en la mano y la cruz en el cinto; pero al entrar en las poblaciones colgaba el látigo y blandía la cruz, incitando a todos a que la besaran. Esto hacía en aquel momento, avanzando por la plazuela. Su mulo no podía romper sino a fuerza de cabezadas y tropezones la muralla de devotos patriotas, y él, afectando una seriedad más propia de mascarón que de fraile, echaba bendiciones. El demonio metido a evangelista no hubiera hecho su papel con más donaire. Viéndole, fluctuaba el ánimo entre la risa y un horror más grande que todos los horrores. Los tiempos presentes no pueden tener idea de ello, aunque hayan visto pasar fúnebre y sanguinosa una sombra de aquellas espantables figuras. Sus reproducciones posteriores han sido descoloridas, y ninguna ha tenido popularidad, sino antes bien, el odio y las burlas del país.
Cuando el bestial fraile, retrato fiel de Satanás ecuestre, llegó junto al grupo de que hemos hablado, recibió las felicitaciones de las tres personas que lo formaban, y él les hizo saludo marcial alzando el Crucifijo hasta tocar la sien.
—Bienvenido sea el padre Marañón —dijo el jefe de la Comisión militar acariciando las crines del mulo, que aprovechó tal coyuntura para detenerse—. ¿A dónde va tanto bueno?