—Hombre..., también uno ha de querer ver las cosas de gusto —replicó el fraile—. ¿A qué hora será eso mañana?
—A las diez en punto —contestó Regato—. Es la hora mejor.
—¡Cuánta gente curiosa!... No me han dejado rezar, señor Chaperón —añadió el fraile, inclinándose como para decir una cosa que no debía oír el vulgo—. Usted, que lo sabe todo, dígame: ¿conque es cierto que se nos marcha el príncipe?
—¿Angulema? Ya va muy lejos, camino de Francia. ¿Verdad, padre Marañón, que no nos hace falta maldita?
—¿Pues no nos ha de hacer falta, hombre de Dios? —dijo el fraile soltando una carcajada que asemejó su rostro al de una gárgola de catedral despidiendo el agua por la boca—. ¿Qué va a ser de nosotros sin figurines? Averigüe usted ahora cómo se han de hacer los chalecos y cómo se han de poner las corbatas.
Los tres y otros intrusos que oían rompieron a reír, celebrando el donaire del Trapense.
—Queda de general en jefe el general Bourmont.
—Por falta de hombres buenos, a mi padre hicieron alcalde —dijo Chaperón—. Si Bourmont se ocupara en otra cosa que en coger moscas, y se metiera en lo que no le importa, ya sabríamos tenerle a raya.
—Me parece que no nos mamamos el dedo —repuso el fraile—. Y me consta que Su Majestad viene dispuesto a que las cosas se hagan al derecho, arrancando de cuajo la raíz de las revoluciones. Dígame usted, ¿es cierto que se ha retractado en la capilla?
—¿Quién, Su Majestad?