—No, hombre, Rieguillo.

—De eso se trata. El hombre está más maduro que una breva. ¿No va usted por allá?

—¿Por la capilla?... No me quedaré sin meter mi cucharada... Ahora no puedo detenerme: tengo que ver al obispo para un negocio de bulas, y al ministro de la Guerra para hablarle del mal estado en que están las armas de mi gente... Con Dios, señores... ¡arre!

Y echó a andar hacia la calle de Toledo, seguido del entusiasta cortejo que le vitoreaba. Chaperón, después de dar las últimas órdenes a los aparejadores y de volver a observar el efecto de la bella obra que se estaba ejecutando, marchó con sus amigos hacia la calle Imperial, por donde se dirigieron todos a la cárcel de Corte. En la plazuela había también gente, de esa que la curiosidad, no la compasión, reúne frente a un muro detrás del cual hay un reo en capilla. No veían nada, y sin embargo, miraban la negra pared, como si en ella pudiera descubrirse la sombra, o si no la sombra, misterioso reflejo del espíritu del condenado a muerte.

Los tres amigos tropezaron con un individuo que apresuradamente salía de la Sala de Alcaldes.

—¡Eh!, no corra usted tanto, señor Pipaón —gritole el de la Comisión militar—. ¿A dónde tan a prisa?

—Hola, señores, salud y pesetas —dijo el digno varón deteniéndose—. ¿Van ustedes a la capilla?...

—No hemos de ser los últimos. ¿Qué tal está mi hombre?...

—Van a darle de comer... Una mesa espléndida, como se acostumbra en estos casos. Con que, señor Chaperón, señor Regato...

—¡A dónde va usted que más valga! —dijo Chaperón deteniéndole por un brazo—. ¿Hay trabajillo en la oficina?