—Yo no trabajo en la oficina, porque estoy encargado de los festejos para recibir al rey —repuso Bragas con orgullo.
—¡Ah!, no hay que apurarse todavía.
—Pero no es cosa de dejarlo para el último día. No preparamos una función chabacana como las del tiempo constitucional, sino una verdadera solemnidad regia, como lo merecen el caso y la persona de Fernando VII. El carro en que ha de verificar su entrada se está construyendo. Es digno de un emperador romano. Aún no se sabe si tirarán de él caballos o mancebos vistosamente engalanados. Es indudable que llevarán las cintas los voluntarios realistas.
—Pues se ha dicho que nosotros tiraríamos del carro —dijo Romo con énfasis, como si reclamara un derecho.
—Ahí tiene usted un asunto sobre el cual no disputaría yo —insinuó Regato blandamente—. Yo dejaría que tiraran caballos o mulas.
—Ya se decidirá, señores, ya se decidirá a gusto de todos —dijo Bragas con aires de transacción—. Lo que me trae muy preocupado es que..., verán ustedes..., me he propuesto presentar ese día doscientas o trescientas majas lujosamente vestidas. ¡Oh! ¡qué bonito espectáculo! Costará mucho dinero ciertamente; pero ¡qué precioso efecto! Ya estoy escogiendo mi cuadrilla. Doscientas muchachas bonitas no son un grano de anís. Pero yo las tomo donde las encuentro..., ¿eh? De los trajes se encarga el Ayuntamiento... Me han dado fondos. ¡Caracoles!, es una cuestión peliaguda... Espero lucirme.
—Este Pipaón es de la piel de Satanás... ¿De dónde va a sacar ese mujerío?
—Yo daría la preferencia a los arcos de triunfo —dijo Romo—. Es mucho más serio.
—¿Arcos?... ¡Si ha de haber cuatro! Por cierto que el señor Chaperón nos ha hecho un flaco servicio llevándose para la horca los grandes mástiles que sirven para armar arcos de triunfo.
—Hombre, por vida del Santísimo Sacramento —dijo Chaperón mostrando un sentimiento que en otro pudiera haber sido bondad—, ya servirán para todo. Pues qué, ¿vamos a ahorcar a media España?