—Si, buenos pillos son sus amigos de usted.

—No es más sino que al pobre don Benigno Cordero le está molestando la policía de Zaragoza, y es posible que lo pase mal. Ya recordará usted que don Benigno dio cien onzas bien contadas porque se le comprendiera en el secreto del 2 de octubre fechado en Jerez. Acogiéndose a la proscripción, se libraba de la cárcel y quizás de la horca... Pues en Zaragoza me le han puesto en un calabozo. Eso no está bien...

—Bueno, bueno —dijo Chaperón disgustado de aquel asunto. También Romo me ha recomendado a ese Cordero.

Romo no dijo una palabra, ni abandonó aquella seriedad que era en él como su mismo rostro.

—Por última vez, señores, adiós —chilló Bragas—, ahora sí que me voy de veras.

—Abur.

Dirigiéronse a la puerta de la cárcel por la calle del Salvador; pero les fue preciso detenerse, porque en aquel momento entraba una cuerda de presos. Iban atados como criminales que recogiera en los caminos la antigua Hermandad de Cuadrilleros, y por su traje, ademanes, y más aún por el modo de expresar su pena, debían de pertenecer a distintas clases sociales. Los unos iban serenos y con la frente erguida; los otros abatidos y llorosos. Eran veintidós entre varones y hembras, a saber: tres patriotas de los antiguos clubs, dos ancianos que habían desempeñado durante el régimen caído el cargo de vocales del Supremo Tribunal de Justicia, un eclesiástico, dos toreros, cuatro cómicos, un chico de siete años, descalzo y roto, tres militares, un indefinido, como no se le clasificara entre los pordioseros, una señora anciana que apenas podía andar, dos de buena edad y noble continente, que pertenecían a clase acomodada, y dos mujeres públicas.

Chaperón echó sobre aquella infeliz gente una mirada que bien podía llamarse amorosa, pues era semejante a las del artista contemplando su obra, y cuando el último preso (que era una de las damas de equívoca conducta) se perdió en el oscuro zaguán de la prisión, rompió por entre la multitud curiosa y entró también con sus amigos.

V

Lo más cruel y repugnante que existe después de la pena de muerte es el ceremonial que la precede, y la lúgubre antesala del cadalso con sus cuarenta y ocho mortales horas de capilla. Casi más horrenda que la horca misma es aquella larga espera y agonía entre la vida y la muerte, durante la cual exponen la víctima a la compasión pública, como a la pública curiosidad los animales raros. La ley, que hasta entonces se ha mostrado severa, muéstrase ahora ferozmente burlona, permitiendo al reo la compañía de parientes y amigos, y dándole de comer a qué quieres, boca. Algún condenado de clase humilde prueba en esos dos días platos y delicadas confituras, cuyo sabor no conocía. Señores, sacerdotes y altos personajes le dan la mano, le dirigen vulgares palabritas de consuelo, y todos se empeñan en hacerle creer que es el hombre más feliz de la creación, que no debe envidiar a los que incurren en la tontería de seguir viviendo, y que estar en capilla con el implacable verdugo a la puerta es una delicia. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido solicitar expresamente tanta felicidad, ni contar a Nerón, Luis XI, don Pedro de Castilla, Felipe II, Robespierre y Fernando VII entre los bienhechores de la humanidad.