—Puedo aceptar estos obsequios porque hoy mismo entraré por la senda a que me lleva mi destino... Si fuera por mucho tiempo de ningún modo aceptaría... Mi carácter, mi dignidad, los recuerdos de nuestro antagonismo no me lo permiten.
—¿Qué tal está el chocolate? —le preguntó Sola con malignidad.
—Así, así..., mejor dicho, no está mal..., quiero decir, muy bueno, excelente, o hablando con completa franqueza, riquísimo.
—¿Hoy se marcha usted?
—Ahora mismo... Me presentaré a las autoridades —repuso Sarmiento dejando el cangilón y arropándose de nuevo entre las sábanas— y les diré: «Aquí tenéis, infames sicarios, al que os ha hecho tanto daño; quitadme esta miserable vida; bebed mi sangre, caníbales. Quiero compartir la inmortalidad del insigne Riego...».
—¿Todo eso va a decir usted?... Pues un poco perezosillo está mi buen viejo para hacer y decir tantas cosas.
—¡Yo perezoso! —exclamó incorporando el anguloso busto y extendiendo los brazos—. ¡Venga al punto mi ropa!
Soledad le mostró ropa blanca limpia y planchada.
—Estuve arriba —dijo.
—¿En mi casa?