—Sí: saqué la llave del bolsillo de usted, subí, revolví todo buscando ropa mejor que la que usted tiene puesta..., pero no encontré nada.
—¡Cómo había de encontrar, alma de Dios, lo que no tengo! No se burle de mi miseria... Pero entendámonos, ¿qué ropa es esta que me ofrece?
—Ya lo ve..., son piezas desechadas, pero en buen uso.
—¡Ah! ya... Ropa desechada del señor don Salvador Monsalud... Pues mire usted, si fuera obsequio de otra persona lo rehusaría; pero siendo de aquel noble patriota lo acepto. Conste que no he pedido nada.
—De ropa exterior podríamos arreglarle algunas piezas decentes —dijo Sola sonriendo—, siempre que usted tarde algunos días en marchar a la inmortalidad.
—¡Tardar! Basta de bromas... ¿Para qué quiero yo ropas bonitas? ¿Voy acaso a entrar en algún salón de baile, o en los Elíseos Campos, donde los justos se pasean envueltos en mantos de nubes?... Figúrese usted la falta que me hará a mí la buena ropa...
—Puede que tarden en matarle a usted un mes o dos. Y si siguen estos fríos no le vendrá mal una buena capa.
—Tanto como venir mal precisamente, no... ¿La tiene usted?
—La buscaremos.
—No, no es preciso... Voy a levantarme.