Soledad se retiró, y al poco rato apareció en la sala don Patricio completamente vestido. Sentose en el sofá, y contemplando a la joven con bondadosa mirada, dijo así:

—Desde el tiempo de mi Refugio, no había dormido en una cama tan buena... ¡Ay, ella era tan hacendosa, tan casera! Nuestro domicilio estaba como un oro, y nuestro lecho nupcial podía haber servido para que en él se revolcara un rey... ¡Pobre Refugio, si me vieras en mi actual miseria!... ¡Pobre Lucas, pobre hijo mío! Hoy tu muerte es digna de envidia, porque estás en la morada de los héroes y de los elegidos; pero tu padre no tiene consuelo, ni puede vivir sin verte...

Derramó algunas lágrimas, y por largo rato estuvo silencioso y cabizbajo, dando muestras de verdadero dolor. Soledad, ocupada en sus quehaceres, no se presentó a él sino a la hora de la comida.

—Supongo que no saldrá usted hasta después de comer —le dijo poniendo la mesa.

—Saldré antes, ahora mismo, señora —dijo Sarmiento irguiéndose súbitamente como un asta de bandera—. El peso de la vida me es insoportable. Una voz secreta me grita: «Anda, corre...». Todo mi ser avanza en pos de la gloria que me está destinada.

—¡Cuánto mejor irá usted después de comer!... ¿Es que desprecia usted mi mesa?

—¡Oh!, no, señora, de ningún modo —replicó Sarmiento con cortesía—; pero conste que solo por acompañar a usted...

Comieron tranquilamente, siendo de notar que el espiritual don Patricio, creyendo sin duda inconveniente el aventurarse por los ideales senderos con el estómago vacío, diose prisa a llenarlo de cuanto la mesa sustentaba.

—¡Qué buena comida! —dijo permitiendo a su paladar aquel desliz de sensualismo—. ¡Qué bien hecho todo, y con cuánto primor presentado! Solita, si usted se casa, su marido de usted será el más feliz de los hombres.

Al final de la comida, los ojos de don Patricio brillaron con resplandores de gozo, viendo una taza llena de negro licor.