—¡También café!... ¡Oh, cuánto tiempo hace que no pruebo este delicioso líquido!... El néctar de los dioses, el néctar de los héroes... Gracias, mil gracias por tan delicada fineza.

—Yo sabía que a usted le gusta mucho este brebaje.

—¡Gracias!... ¡y qué bueno es!... ¡qué aroma!

—Será el último que beba usted, porque en la cárcel no dan estas golosinas.

—¿Y qué importa? —repuso el anciano con solemne acento—. ¿Acaso somos de alfeñique? Cuando un hombre se decide a escalar con gigantesco pie el último círculo del cielo, ¿de qué vale el liviano placer de los sentidos?

Dijo, y poniéndose el farolillo de fieltro que desempeñaba en su cabeza las funciones propias de un sombrero, se dispuso a salir.

—Adiós, señora —murmuró—, gracias por sus atenciones, que no esperaba en persona de quien soy encarnizado enemigo... político. Su papá de usted y yo nos aborrecimos y nos aborreceremos en la otra vida... Abur.

Salió precipitadamente hacia la puerta; mas no pudiendo abrirla, volvió diciendo:

—La llave, la llave...

Soledad rompió a reír.