—¡Y creía el muy tonto que iba a dejarle salir! No faltaba más. Eso querrían los chicos para divertirse. ¿Quiere usted quitarse ese sombrero, hombre de Dios, y sentarse ahí y estarse tranquilo?
—Señora, señora —dijo Sarmiento moviendo la cabeza y pateando ligeramente en muestra de su decoroso enfado—, ábrame usted la puerta, y déjeme en paz, que cada uno va a su destino, y el mío es... el que yo me sé.
—No abro.
—Señora, señorita, que yo soy hombre de poca paciencia. Ábrame la puerta, o reñimos de veras.
—Que no abro la puerta —replicó Sola, remedando el tonillo de cantinela de su digno huésped.
—Basta de bromas, basta, repito —vociferó Sarmiento tomando el aire y tono tragicómicos que empleaba al reprender a los alumnos—. Yo soy un hombre formal... De mí no se ríe nadie y menos una chiquilla loca... Ea, niña sin juicio, abra usted si no quiere saber quién es Patricio Sarmiento.
—Un loco, un majadero, un vagabundo, a quien es preciso recoger por caridad y encerrar por fuerza, para que no se degrade en las calles como un pordiosero, haciendo el saltimbanquis y muriéndose de miseria, ya que por el estado de su cabeza no puede morirse de vergüenza.
Esto lo dijo con tanta seriedad y entereza, que por breve rato estuvo el patriota aturdido y confuso.
—Aquí hay algo, aquí hay algún designio oculto que no puedo comprender —afirmó el anciano—, pero que tiene por objeto, sí, tiene por objeto impedir una resolución demasiado ruidosa y que quizás perjudicaría al absolutismo.
Otra vez se echó a reír Sola de tan buena gana, que Sarmiento se enfureció más.