—Por vida de la chilindraina —gritó agitando sus brazos—, que si usted no me da la llave, la tomaré yo donde quiera que se encuentre.
—Atrévase —dijo Soledad con festiva afectación de valor, incorporándose en su asiento—. Mujer y de poca fuerza, no temo a un fastasmón como usted... Quieto ahí, y cuidado con apurarme la paciencia.
—Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca —gruñó Sarmiento con sarcasmo—. ¡Querer detener a un hombre como yo! No sabe usted las bromas que gasto. Repito que aquí hay una conjuración infame... ¡Oh, si es usted hija del conspirador más grande que han abortado los despóticos infiernos!... ¡Ah, taimada muchachuela! Ahora me explico a qué venían los chocolatitos, la ropita blanca, el buen cocido y mejor sopa... ¡Quite usted allá! ¿Cree usted que con eso se ablanda este bronce? ¿Cree usted que así se abate esta montaña? ¿Soy yo de mantequillas? Aunque fuera preciso derribar a puñetazos estas paredes y arrancar con los dientes esos cerrojos del despotismo, yo lo haría, yo..., porque he de ir a donde me llama mi hado feliz, y mi hado, fatum que decían los antiguos, se ha de cumplir, y la víctima preciosa inscrita en el eterno libro no puede faltar, ni la sangre redentora puede dejar de derramarse, ni la libertad ha de quedarse sin la víctima que necesita. De modo que saldré, pese a quien pese, aunque tenga que emplear la fuerza contra miserables mujeres, lo que es impropio de la nobleza de mi carácter.
—¿Se atreverá usted?
—Sí; deme usted la llave de esa puerta nefanda —contestó Sarmiento con énfasis petulante que no tenía nada de temible—, o se arrepentirá de su crimen..., porque esto es un crimen... ¡La llave, la llave!
—Ahora lo veremos.
Corriendo afuera, prontamente volvió Sola con un palo de escoba, y enarbolándolo frente a don Patricio, le hizo retroceder algunos pasos.
—Aquí están mis llaves, pícaro, vagabundo. O renuncia usted a salir, o le rompo la cabeza.
—Señora —exclamó don Patricio acorralado en un ángulo de la sala—, no abuse usted de mi delicadeza..., de mi dignidad, que me impide poner la férrea mano sobre una hembra... ¡Esto es un ardid, pero qué ardid!... Una trama verdaderamente absolutista.
—Siéntese usted —gritó Soledad conteniendo la risa y sin dejar el argumento de caña—. Fuera el sombrero.