A don Patricio se le humedecieron los ojos. Difícil es saber lo que pasaba en su alma.

—¿Y mi gloria, pero esa gloria que me está llamando? —dijo dando fuerte porrazo en el brazo de la silla—. ¡Vaya un modo de hacer caridades, señora, quitándole a uno la inmortalidad, el lauro de oro que se le tiene destinado!

Don Patricio dijo esto con una seriedad que hacía llorar y reír al mismo tiempo.

—¿Qué gloria? —repuso Soledad—. No conozco sino la que Dios da a los que se portan bien y cumplen sus mandamientos.

—¿Pero y esa víctima, esa víctima de quien necesita la libertad?

—La libertad no necesita víctimas, sino hombres que la sepan entender... Conque Sarmientillo, seremos amigos. De aquí no se sale mientras esa cabeza no esté buena.

Diole dos cariñosas palmadas en ella la encantadora joven, mientras el insigne patriota exhalaba de su noble pecho un suspiro de a libra, permítase la frase. ¿Era que hacía el sacrificio de su ideal sublime? ¿Era que pedía a su espíritu fuerzas para sobreponerse a seducción tan poderosa? No es fácil saberlo. Los próximos sucesos lo dirán.

—¡Ah, señora —exclamó tomando la mano de Sola—, no sabe usted bien lo que hace! La historia, quizás, pedirá a usted cuentas de su acción abominable, aunque declaro que es inspirada por un noble impulso de caridad... Engañosa Circe, no sabe usted bien qué clase de ímpetus sojuzga y contiene al encerrarme; no sabe usted bien qué especie de monstruo encarcela, ni qué heroicas acciones se pierden con este hecho, ni qué días gloriosos serán borrados de la serie del tiempo.

Dijo, y un rato después dormía la siesta.

VII