En los días sucesivos tuvo don Patricio los mismos deseos de salir, si bien, a excepción de una vez, no fueron tan ardientes; pero hubo gritos, amenazas, volvió a funcionar el inocente palo y la carcelera a desplegar las armas de su convincente piedad, de la graciosa entereza que tan buenos efectos produjera el primer día. Horas enteras pasaba el vagabundo patriota, corriendo de un ángulo a otro de la sala, como enjaulada bestia, deteniéndose a veces para oír los ruidos de la calle, que a él le sonaban siempre como discursos, proclamas o himnos, y poniéndose a cada rato el sombrero como para salir. Este acto de cubrirse primero y descubrirse después, al caer en la cuenta de su encierro, era gracioso, y excitaba la risa de su amable guardiana. En la comida y cena mostrábase más manso, y se ponía con cierto orgullo las prendas de vestir que Sola le arreglara. Desde la cabeza a los pies cubríase con lo perteneciente al antiguo dueño de la casa, de cuya adaptación no resultaba gran elegancia, a causa de la diferencia de talle y estatura.
Por las noches daba a Soledad lección de escritura, poniendo en ella tanto cuidado la discípula como el maestro. Él, particularmente, mostraba una prolijidad desusada, esmerándose en transmitir a su alumna sus altos principios caligráficos, la primorosa maestría de ejecución que poseía y de que estaba tan orgulloso.
—Desde que el mundo es mundo —decía observando los trazos hechos por Soledad sobre el papel pautado—, no se han dado lecciones con tanto esmero. Hanse reunido, para producir colosales efectos, la disposición innata de la discípula y la destreza del maestro. Ahora bien, señora y carcelera mía: la justicia y el agradecimiento piden que en pago de este beneficio me conceda usted la libertad, que es mi elemento, mi vida, mi atmósfera.
—Bueno —respondió Sola—, cuando sepa escribir te abriré la puerta, viejecillo bobo.
En los primeros días de noviembre estuvo muy tranquilo, apenas dio señales de persistir en su diabólica manía, y se le vio reír y aun modular entre dientes alegres cancioncillas; pero el 7 del mismo mes llegaron a su encierro, no se sabe cómo (sin duda por el aguador o la indiscreta criada), nuevas del suplicio de Riego, y entonces la imaginación mal contenida de don Patricio perdió los estribos. Furioso y desatinado, corría por toda la casa gritando:
—¡Esperad, verdugos, que allá voy yo también! No será él solo... Esperad, hacedme un puesto en esa horca gloriosa... ¡Maldito sea el que quiera arrancarme mis legítimos laureles!
Soledad tuvo miedo; mas sobreponiéndose a todo, logró contenerle con no poco trabajo y riesgo, porque Sarmiento no cedía como antes a la virtud del palo, ni oía razones, ni respetaba a la que había logrado con su paciencia y dulzura tan gran dominio sobre él. Pero al fin triunfaron las buenas artes de la celestial joven, y Sarmiento, acorralado en la sala, sin esperanzas de lograr su intento, hubo de contentarse con desahogar su espíritu poniéndose de rodillas y diciendo con voz sonora:
—¡Oh tú, el héroe más grande que han visto los siglos, patriarca de la libertad, contempla desde el cielo donde moras esta alma atribulada que no puede romper las ligaduras que le impiden seguirte! Preso contra todo fuero y razón; víctima de una intriga, me veo imposibilitado de compartir tu martirio, y con tu martirio tu galardón eterno. Y vosotros, asesinos, venid aquí por mí si queréis. Gritaré hasta que mis voces lleguen hasta vuestros perversos oídos. Soy Sarmiento, el digno compañero de Riego, el único digno de morir con él; soy aquel Sarmiento cuya tonante elocuencia os ha confundido tantas veces; el que no os ha ametrallado con balas, sino con razones; el que ha destruido todos vuestros sofismas con la artillería resonante de su palabra. Aquí estoy, matad la lengua de la libertad, así como habéis matado el brazo. Vuestra obra no está completa mientras yo viva, porque mientras yo aliente se oirá mi voz por todas partes diciendo lo que sois... Venid por mí. La horca está manca: falta en ella un cuerpo. No será efectivo el sacrificio sin mí. ¿No me conocéis, ciegos? Soy Sarmiento, el famoso Sarmiento, el dueño de esa lengua de acero que tanto os ha hecho rabiar... ¿No daríais algo por taparle la boca? Pues aquí le tenéis... Venid pronto... El hombre terrible, la voz destructora de tiranías, callará para siempre.
Todo aquel día estuvo insufrible en tal manera, que otra persona de menos paciencia y sufrimiento que Solita le habría puesto en la calle, dejándole que siguiera su glorioso destino; pero se fue calmando, y un sueño profundo durante la noche le puso en regular estado de despejo. Habíale traído Soledad tabaco picado y librillos de papel para que se entretuviese haciendo cigarrillos, y con esto y con limpiar la jaula de un jilguero pasaba parte de la mañana. Sentándose después junto a la huérfana mientras esta cosía, hablablan largo rato y agradablemente de cosas diversas. Uno y otro contaban cosas pasadas: Sarmiento sus bodas, la muerte de Refugio y la niñez de Lucas; Sola su desgraciado viaje al reino de Valencia.
Continuaban las lecciones de escritura por las noches, y después leía el anciano un libro de comedias antiguas que de la casa de Cordero trajo Sola. Cuidaba esta de que en la vivienda no entrase papel ninguno de política, y siempre que el anciano pedía noticias de los sucesos públicos, se le contestaba con una amonestación acompañada a veces de un ligero pellizco. Poco a poco iba acomodándose el buen viejo a tal género de vida, y sus accesos de tristeza o de rabia eran menos frecuentes cada día. Su carácter se suavizaba por grados, desapareciendo de él lentamente las asperezas ocasionadas por un fanatismo brutal, y la irritación y acritud que en él produjera la gran enfermedad de la vida, que es la miseria. A las ocupaciones no muy trabajosas de hacer cigarrillos y cuidar el pájaro, añadió Soledad otras que entretenían más a Sarmiento. Como no carecía de habilidad de manos y había herramientas en la casa, todos los muebles que tenían desperfectos y todas las sillas que claudicaban recibieron compostura. En la cocina se pusieron vasares nuevos de tablas; después nunca faltaba una percha que asegurar, una cortina que suspender, lámpara que colgar, lámina que mudar de sitio o madeja de algodón que devanar.