Llegó el invierno, y la sala se abrigaba todas las noches con hermoso brasero de cisco bien pasado, en cuya tarima ponía los pies el vagabundo, inclinándose sobre el rescoldo sin soltar de la mano la badila. Era notable don Patricio en el arte de arreglar el brasero, y de ello se preciaba. Su conocimiento de la temperatura teníale muy orgulloso, y cuando el brasero empezaba a desempeñar sus funciones, el patriota extendía la mano como para palpar el aire y decía; «Ya principia a tomar calor la habitación... Va aumentando... Un poquito más, y tendremos bastante. Yo no necesito más termómetro que la yema del dedo meñique».
Más de una vez dijo, repitiendo una idea antigua.
—Desde el tiempo de mi Refugio no había visto yo un brasero tan bueno. Por la mañana levantábase muy temprano y barría toda la casa, canturreando entre dientes. No habían pasado tres meses desde el primer día de su encierro, cuando parecía haber adquirido conformidad casi perfecta con su pacífica existencia. Sus ratos de mal humor eran muy escasos, y por lo general las turbonadas cerebrales estallaban mientras Solita estaba fuera, disipándose desde que volvía. Para el espíritu del pobre anciano la huérfana era como un sol que lo vivificaba. Verla y sentir efectos semejantes a los de la aparición de una luz en sitio antes oscuro, era para él una misma cosa.
«Parece que no —decía para sí—, y le estoy tomando cariño a esa muchachuela... Quién lo había de decir, siendo, como éramos, enemigos irreconciliables... ¡Ah, Patricio, Patricio!, si ahora te abrieran la puerta de la casa y te echaran fuera, ¿abandonarías sin pena a esta pobre huérfana que te mira como miraría la hija más cariñosa al padre más desgraciado?».
Un día, allá por febrero o marzo del 24, Sarmiento observó que Sola estaba más triste que de ordinario. Atribuyolo a no haber recibido las cartas que una vez al mes causábanla tanto gozo. El siguiente día lo pasó la huérfana llorando de la mañana a la noche, lo que afligió extremadamente al patriota. Por más que agotó Sarmiento todo el repertorio, no muy grande, por cierto, de sus trasnochados chistes, no pudo sacarla de aquel estado, ni menos obligarla a revelar la causa de su tristeza. Durante la cena, que casi fue de pura fórmula, Sarmiento dijo:
—Pues si usted no se pone contenta, yo me volveré patriota como antes, ea... Así estaremos los dos iguales... Me marcharé, sí, señora; estoy decidido a marcharme..., y lo siento, porque le he tomado a usted mucho cariño, tanto cariño que...
Se echó a llorar, y tuvo que correr a ocultar sus lágrimas en la alcoba inmediata.
Tres días después Sola salió muy de mañana, y volvió asaz contenta, disipada la aflicción y con frescos colores en la cara, que eran como la irradiación de su alegría, demasiado grande para contenerse en los límites del alma. Tampoco entonces pudo el preceptor saber la causa de tan rápido cambio; pero contentose con ver los efectos, y se puso a bailar en medio de la sala, diciendo:
—¡Viva mi señora doña Solita, que ya está contenta, y yo también! No más lágrimas, no más suspiros. Señora, si usted me lo permite, me voy a tomar la libertad de darle un abrazo.
Soledad aceptó con júbilo la idea, y el anciano la estrechó en sus brazos con fuerza.