—¿Sabe usted —dijo limpiándose una lágrima— que hoy se quedó la llave en casa, y que habría podido escaparme si hubiera querido?
—¿Y por qué no saliste, viejecillo bobo?
—Porque no me ha dado la gana, vamos a ver..., porque estoy aquí muy re-que-te-bien.
—¡Cosa más rara! —observó Soledad jovialmente—. Ya no quieres salir...
—No, señora, no. Vea usted lo que son los gustos. Ya no quiero salir, y no saldré sino cuando usted me arroje. Así, de bóbilis bóbilis, me he ido acostumbrando a esta vida tonta, y... No es que yo renuncie al cumplimiento de mi destino; pero ya vendrá la ocasión, ¿no es verdad, niña mía? Hay más días que longanizas, y tiempo hay, tiempo hay.
Don Patricio hacía con su mano derecha movimientos semejantes al fluctuar de las olas, queriendo expresar de este modo el lento rodar del tiempo.
—Ahora, hija mía..., y no se me enfade usted si le doy este nombre, que me sale del corazón..., sí, señor, porque usted se ha portado conmigo como una hija, y es justo que yo sea un buen padre para usted... Pues decía, hija querida, que si usted no lo tiene a mal..., me estorba en la boca el tratamiento de usted..., si no te llamo de tú, reviento... Pues decía, hija de mi alma, que ya es hora de que me des de comer.
Un momento después comían los dos, departiendo alegremente, que no hay cosa que tan bien acompañe a un buen apetito como la conversación amistosa y grata. Por la tarde, Soledad preparaba a su viejo una bonita sorpresa.
—Como te vas portando bien —dijo—, y vas curándote de esas ideas ridículas, voy a darte una golosina.
—¿Qué, hija de mi alma? —preguntó don Patricio con la curiosidad de los niños, cuando se les anuncia algún regalo.