—Una golosina..., ya la verás.

—¿Pero qué es? Estoy rabiando. ¿Café? Si lo tomo todos los días... ¿Un periódico?

—Ahora no hay periódicos.

—¡No hay periódicos!... ¡Oh, vil absolutismo! ¿Conque no hay prensa periódica?

Con un simple gesto apagó Soledad aquel chispazo de la hoguera que parecía sofocada.

—¿Pues cuál es la golosina? Dímelo, angelito de mi corazón.

—La golosina es un paseo... Esta tarde te llevaré a dar un paseíto. Está hermosa la tarde.

—¡Bien, bravísimo, archibravísimo! —exclamó el vagabundo arrojando su sombrero al aire—. Estrenaré esa magnífica capa que me has arreglado. Vamos pronto... Mira, hija, que puede llover...

—Si no hay nubes...

—Puede ocurrir cualquier cosa.