—Nada puede ocurrir. Aguardaremos.

—¡Qué hermoso día! Haces bien en sacarme a pasear. Mira que tengo ganitas de saber lo que es el aire libre.

Salieron a las calles, y de las calles al campo con vivo contento del patriota, que experimentó grandísimo gozo por tal expansión, y luego se volvieron a casa haciendo planes para nuevos paseos en los días sucesivos. Así corría mansamente la vejez del buen maestro, que se asombraba de encontrarse feliz sin saberlo, es decir, que miraba aquel maravilloso cambio de sus sentimientos y de sus gustos sin acertar a darse cuenta de él, como observa el vulgo los grandes fenómenos de la naturaleza sin explicárselos. Él pensaba a ratos en estas cosas, tratando de examinar de cerca la metamorfosis de su alma, y decía:

—Es que yo soy todo corazón... Esta joven me ha recogido, me ha dado de comer y de vestir, me trata como a un padre. ¿Cómo no adorarla? Patricio no es, no puede ser ingrato, y su corazón está dispuesto a encenderse, a arder, a derretirse con los sentimientos más vivos, así como con los más delicados... No es que en mí se hayan enfriado los sublimes afectos de la patria, no, de ningún modo... (Ponía mucho empeño en convencerse a sí mismo de esta verdad). Soy lo mismo que era, el mismo gran patriota, y persisto en mi noble idea de sacrificarme por la libertad, ofreciendo mi sangre preciosísima... Esto no puede faltar, porque está escrito en el sacrosanto libro del destino... Es que Dios no quiere que sea tan pronto como yo esperaba. Vendrá el sacrificio, el cruento martirio, los lauros, la inmortalidad; pero vendrán en oportuna sazón y cuando suene la hora. A cada sublime momento de la historia le llega su hora, y entonces, consummatum est... He aquí que Dios me depara un medio de corresponder a las bondades de ese mi ángel tutelar. (Al decir esto se frotaba las manos en señal de gozo). Es evidente que yo no tengo ningún bien mundano que dejarle, pues carezco de fincas y de dinero, como no sea el que ella misma me da. ¿Quiere decir esto que no pueda legarle algo? No..., le dejaré un tesoro que vale más que todas las fincas y caudales, un tesoro que es para beneficio del espíritu, no del cuerpo; le dejo, pues, mi gloria, y así, cuando la vean dirán: «Esa es la compañera del gran Sarmiento, esa es su hija adoptiva, la que le socorrió en sus últimos días. ¡Loor eterno a la muchacha!».

Como se ve, el patriota no estaba curado; poro su enfermedad ofrecía menos peligro, por haber entrado en un período que podremos llamar médicamente de revulsión. El cariño que Sarmiento había tomado a su favorecedora era síntoma muy favorable, que sin duda anunciaba, si no la extirpación del fanatismo, una nueva dirección de él. No mentía el infeliz al decir que era todo corazón. Capaz era este de los sentimientos más delicados, así como de los más ardientes; bastaba que las misteriosas corrientes de la vida consumasen su obra, llevando, como las del cielo, la tempestad a otra región y zona distinta; pero el pensamiento no podía obedecer a este cambio, porque había en la máquina del cerebro sarmentil una clavija rota de difícil o quizás imposible arreglo.

También Sola había tomado mucho cariño al desvalido anciano. Le recogió por caridad; propúsose realizar sin ayuda de nadie uno de esos admirables actos de la voluntad, tanto más meritorios cuanto más oscuros, y sofocando resentimientos antiguos, indignos de la grandeza de su alma, consumó valerosamente su obra bendita, digna de figurar en el Flos Sanctorum. Con el tiempo encendiose en su alma un vivo afecto hacia el mendigo abandonado, y esto, unido a los dulces placeres que trae consigo el amar, fue el más digno premio de su noble acción. Llegó a acostumbrarse de tal modo a la compañía del patriota vagabundo, que la habría echado muy de menos si en cualquiera ocasión le faltara.

Un día Sarmiento le dijo:

—Querida Sola, hoy voy a pedirte un favor que creo no has de negarme... Es un caprichillo de anciano mimoso, un antojillo de abuelo... Si me lo niegas por cualquier pretexto, no me enfadaré, pero me pondré muy triste.

—¿Qué es?

—Que me permitas darte un beso, hija mía. Hace muchos días que estoy bregando con esta idea en la imaginación. Ya no puedo esperar más.