Soledad corrió hacia él, y don Patricio la tuvo largo rato sobre sus rodillas prodigándole tiernas caricias.

—Por vida de la grandísima chilindraina, niña de mi corazón —exclamó hecho un mar de lágrimas—, si ahora me separaran de ti, juro que me moriría de pena. ¡Bendita seas tú mil veces!... Bendita seas, amparo mío, angelito mío, consuelo de mi vejez y heredera de mi gloria... ¡Toda, toda ella será para ti!

VIII

Parece inexcusable decir algo de la singular vida de esta solitaria joven, e inquirir su conducta para deducir de su conducta sus proyectos. Sin duda aquel espíritu valeroso, contrariado por lo que hemos convenido en llamar suerte, no llevaba una existencia pasiva, entregándose a la arbitraria fluctuación de los acontecimientos, sino que vivía en actividad grande, aunque escondida, trabajando en obra misteriosa o luchando con obstáculos tan oscuros como sus esfuerzos. Para afirmar esto nos fundamos en conjeturas y en el conocimiento de su carácter; mas nada positivo afirmamos aún.

Nos consta, sí, que recibía cartas de cuyo contenido no enteraba a nadie; que a veces pasaba largas horas fuera de su casa; que escribía de noche algún pliego y lo rompía después para volverlo a escribir, repitiendo este trabajo cuatro o cinco veces hasta quedar medianamente satisfecha; que su semblante expresaba con fidelidad pasmosa cambios muy bruscos en su espíritu, presentándola ya sombríamente melancólica, ya festiva y dichosa; que no cesaba un punto en su actividad, y cuando los asuntos de la casa le daban reposo, discurría sobre mil temas concernientes a la faena del día venidero.

No le conocemos otras relaciones de amistad que las que tenía con la familia de Cordero, la cual, a consecuencia de las calamidades de la época, había ido a vivir en la misma casa, descendiendo algunos grados en la escala social.

Ya es conocido de nuestros lectores el gran don Benigno Cordero,[1] comerciante de la subida a Santa Cruz, hombre que se preciaba de ocupar dignamente su lugar en todas las ocasiones, y que sabía ser bondadoso padre de familia, honrado tendero, puntual amigo y también héroe glorioso, según lo que exigían las circunstancias. Siendo tímido por naturaleza, mandole un día su deber que fuese héroe y lo fue. Desgraciadamente no hay ninguna calle, ni monumento, ni lápida, ni escultura que recuerden a la posteridad su nombre, símbolo de la inocencia; pero los veteranos del 7 de julio saben que hubo en Boteros un Leónidas de nariz picuda y roja como guindilla, de gafas de oro y cuerpo más propio para sobresalir de la tabla de un mostrador que para erguirse sobre el pedestal de gloria a quien llaman campo de batalla.

[1] Véase Siete de julio.

La espantosa reacción absolutista, como furibunda riada que todo lo arrastra, arrastró también al digno patricio, que en su tienda de encajes había adquirido la idea de que los pueblos no se han hecho para los reyes. Esta idea se pagaba entonces con la cabeza, con la ruina o con el destierro. Muchos perdieron la primera; infinito número buscó refugio en suelo extranjero. No era, en verdad, de los más delincuentes el buen don Benigno, porque no había ejercido cargo público del Estado durante los tres llamados años. Su crimen había sido pertenecer a la Milicia y vestir su honroso uniforme sin tacha, con la circunstancia agravante de haber cargado charreteras como representante de las más altas jerarquías. Su sobrino, don Primitivo Cordero, que se había significado altamente como correveidile político (el grado inmediatamente inferior al de personaje), fue condenado a muerte, y tuvo que huir al extranjero disfrazado de pastor, abandonando su comercio de hierro a la autoridad que lo embargara; mas con don Benigno fueron más humanos, condenándole tan solo a hacer una visita a Melilla, o a otra de las cortes del África, en lo que recibió más disgusto que si le destinaran a la horca.

Él, no obstante, se dio su maña, y con ella, un poco de paciencia y un puñado de onzas de oro (que entonces corrían de lo lindo para estos arreglos), logró de la generosidad absolutista que se le comprendiera en el decreto de proscripción de Jerez, el cual mandaba que todos los que se habían significado durante el malhadado imperio del régimen famoso, sin llegar al grado de culpabilidad necesario para incurrir en otras penas mayores, no pudieran hallarse a cinco leguas en contorno de los puntos que recorría el rey en su viaje, cerrándoseles además la corte y Sitios reales dentro del radio de quince leguas. Cien mil individuos fueron por este ridículo decreto privados de la contemplación de la corte y Reales Sitios.