Abandonando tienda y familia, partió Cordero a Zaragoza, donde fue molestado y reducido a prisión por la feroz policía de aquella ciudad, viéndose precisado a buscar en su bolsa nuevos argumentos contra la famélica justicia de aquel bendito tiempo. Entre tanto, la familia vivía en Madrid en la mayor aflicción, esperando todos los días nuevas tristes de Zaragoza, atendiendo al comercio de encajes con el mayor celo, y economizando todo lo posible para ver de reparar los estragos hechos por la política en el erario corderil. Esta última razón fue la que les impulsó a mudar de domicilio, pues una habitación arreglada cuadraba admirablemente a su presupuesto, más estirado ya que cuerda de ballesta. Desde noviembre se instalaron en el principal de la casa que ya conocemos en la calle de la Emancipación Social, según don Patricio, y de Coloreros según el municipio. La tienda continuaba en el mismo sitio, a mano derecha como vamos a la plazuela de Santa Cruz y a la cárcel de Villa.
Componían tan hidalga familia la señora de Cordero y tres hijos, hembra la mayor y ya mujer, varones y pequeñuelos los otros dos. Acontecía en aquel matrimonio un contraste que no deja de ser frecuente en este extravagantísimo mundo, a saber, que si el esposo era diminuto y ligero, corpulenta y pesada era la esposa. Doña Robustiana podía coger a su marido debajo del brazo como un falderillo y aun jugar con él a la pelota si hubiera tenido tal antojo. Era avilesa y natural de Arenas de San Pedro, de una familia nombrada Toros de Guisando, sin duda porque en la antigüedad adquirió fama de dar hombres y mujeres de gran corpulencia. Alta estatura, blancas y apretadas carnes, admirables contornos y blanduras que estirando la tela pugnaban por mostrarse; arrogante cabeza con ojos negros y cejas de terciopelo, manos gruesas, semblante más correcto que agraciado, con cierto ceño no muy simpático y algo de avinagrado mohín, boca demasiado pequeña con blancos dientes, carrillos con demasiada carne, nariz castellana, escasísima agilidad en los movimientos y mucha fuerza en los puños, componían la persona de doña Robustiana Toros de Guisando de Cordero.
De la incongrua pareja que formaba esta mujer con el benemérito hombrecillo del arco de Boteros (pareja admirablemente acordada en el orden moral) había nacido el día mismo de la batalla de Trafalgar (21 de octubre de 1805) Elena Cordero, en cuya persona se verificó una preciosa amalgama del ser físico del padre y del de la madre. No salió a ella ni a él, sino a los dos, realizando en sí uno de esos maravillosos términos medios que solo resultan bien en los divinos talleres de la naturaleza. No era Elena grande ni chica, ni gorda ni flaca, sino admirablemente proporcionada en talle, color y estatura. Su cabeza era de las más hermosas que pueden imaginarse, de tal modo que viéndola se comprendía que el valor sereno de don Benigno no era el único parentesco de aquella familia con la raza helénica. Su cara era la más bella que se ha visto durante muchos años en toda la zona del comercio matritense desde Majaderitos a la calle de Milaneses.
Quizás faltaba a su rostro aquella movilidad de la fisonomía española, que es como el temblor de la luz jugando sobre la superficie del agua agitada; quizás le faltaba esa facultad de hablar en silencio, lenguaje admirable del cual son signos las pestañas, el iris negro que alumbra como una luz, la sombra de la cara, el modo de mover el cuello, la olvidada guedeja sobre la sien, el rumorcillo del pendiente que se mueve ensartado en la oreja. Quizás Elena era demasiado selecta y tenía demasiada corrección en su persona; mas no por esto dejaba de ser acabado tipo de hermosura. Sus apasionados alegaban para defenderla que era más bella su timidez inocente y aquella perfección muñequil tan esmerada en sus limpios perfiles que la desenvoltura y graciosa viveza de otras. Algunos la ponían resueltamente en el orden de los juguetes finos; otros en el de las imágenes de iglesia. Pero, no obstante tal diversidad de opiniones, era generalmente admirada, contribuyendo además la fama de su virtud a aumentar la aureola de respeto y consideración que circundaba como nimbo luminoso a toda la familia de Cordero.
De los dos varones poco puede decirse; eran pequeñuelos traviesos y muy devotos hermanos de la Hermandad del Novillo. En aquel tiempo las familias discurrían el modo de congraciarse con el bando dominante, y uno de los sistemas más eficaces durante el trienio había sido vestir a los niños de milicianos nacionales. Cambiadas radicalmente las cosas, doña Robustiana, que quería estar en paz con la situación, siguió la general moda, vistiendo a los borregos de frailes. Los domingos, Primitivo y Segundito salían a la calle hechos unos padres priores que daban gozo.
La familia, que antes de la catástrofe de la Constitución era feliz y vivía tranquila en su paz laboriosa, había caído en gran desaliento y tristeza desde la proscripción del padre. Temían nuevas desgracias, y como no veían en torno de sí más que cuadros de luto, ignominia, venganzas horribles, asesinatos jurídicos, delaciones infames, horcas y traición, no respiraban. Resuelta doña Robustiana a no ser en manera alguna sospechosa a los ojos de la reacción, se esmeraba en variar los vestidos domingueros de los niños, dándoles la forma y color de todas las órdenes religiosas imaginables.
Compartían el tiempo hija y madre entre la tienda y la casa. En la primera tenían un mancebo jovenzuelo que era muy despierto y les prestaba no poca ayuda. En la casa vivían recogidamente, sin cultivar amistades que podrían resultar peligrosas; huyendo de tratar mucha y diversa gente; consagrando bastantes horas a rezar por la vuelta del padre, y a imaginar medios pacíficos y legales para hacer su situación menos aflictiva. La amistad más íntima y cariñosa que cultivaban era la de Sola, que bajaba todos los días un par de horas lo menos, cuando no subía Elena a hacerle compañía y ayudarla en sus quehaceres. La amistad de la huérfana databa de 1822 en vida de su padre, que era paisano de Cordero; pero se había aumentado y encendido más el afecto con la común desgracia. Había sentido Elena desde luego hacia ella una de esas vivas inclinaciones de la primera juventud, que establecen lazos duraderos para toda la vida, y a la cual daban aliciente la belleza moral de Sola y aquel peculiar atractivo indefinible que sometía los corazones. La de Cordero reconocía en ella una gran superioridad espiritual, que le infundía respeto no inferior a su cariño, y subyugada por el misterioso, invencible despotismo que ejerce a la callada la aristocracia moral, se sometía a los pensamientos y al sentir de Sola, con la docilidad de la niñez ante la edad madura. Siendo Sola poco menos joven que ella, se le representaba, por la seriedad de sus consejos y su precoz experiencia, como de edad mucho más alta. Hermana mayor antes que amiga, la huérfana fue erigida en confesor, en consejero, y en depositaria de los secretos del corazón de Elenita, porque el corazón de la muñeca perfilada, tan metódica y acabadita tenía secretos.
También tenían amistad los Cordero con la familia de los Romos, y particularmente con Francisco Romo, jefe a la sazón del comercio conocido con este nombre en la plazuela de Herradores. Las excelentes relaciones mercantiles entre ambos tenderos anudaron las de la amistad, y durante la emigración de don Benigno, Romo colmó de atenciones y finezas a la familia, sirviéndoles al mismo tiempo de amparo contra la reacción, por ser voluntario realista de los más significados. Doña Robustiana fiaba mucho en la amistad de aquel joven de tanto poder entre las turbas realistas, y por nada del mundo la diera en cambio de la de un príncipe. Creía tener en él fortísimo escudo contra las brutalidades de la época, y fiaba en que por mediación suya sería restituido prontamente Cordero a la dulzura de su hogar.
—Hay que tener un poquito de paciencia —les decía Romo—. Se hace todo lo que se puede para que el señor don Benigno vuelva a su casa; pero no se podrá mucho, hasta que los liberales no estén sometidos. Figúrese usted, señora doña Robustiana, que el gobierno abre un poco la mano y empieza a perdonar, a perdonar... Pues ya tiene usted la revolución encima. No lo digo por el señor don Benigno, que es un hombre de bien, sino por esos pillos que están acechando nuestra debilidad para soltar las riendas de su desvergüenza... No se aflijan ustedes; que vamos a dar una amnistía, una amnistía amplia, general, con excepción de todos los pillos se entiende, y entonces o no soy quien soy, o don Benigno será comprendido en ella.
Con estas promesas se consolaba la familia; pero pasaban los meses, y la deseada amnistía no era más que una esperanza. En su lugar veíanse nuevas proscripciones, encarcelamientos, la horca siempre en pie, la venganza más cruel gobernando a la nación, y la vida de los españoles pendiente del capricho de un salvaje frailón o de fieros polizontes. Las delaciones, como puñaladas recibidas en la oscuridad, traían en gran consternación a la corte. Desaparecían los ciudadanos sin que fuera posible saber en qué calabozo habían caído. Las cárceles tragaban gente como las tumbas en una epidemia. Nadie, libre hoy, podía estar seguro de conservar la libertad mañana, porque la virtud más pura no podía estar segura del golpe secreto, como no puede estarlo del miasma invisible.