Al fin, allá en mayo del 24, vino la amnistía. Por ella se concedía indulto y perdón general; mas eran tantas las excepciones, que antes que amnistía parecía el decreto una sangrienta burla. Se perdonaba a todo el mundo, y se exceptuaba después a todo el mundo. La familia de Cordero, viendo que pasaban meses sin que el proscrito volviese, examinaba detenidamente los 15 artículos de las excepciones, por ver si don Benigno podía ser comprendido en alguno de ellos; pero Romo tranquilizaba a las dos señoras, diciéndoles:

—Eso corre de mi cuenta. Don Benigno vendrá; en caso que la Superintendencia de Policía tenga algún escrúpulo, le purificaremos y..., santas pascuas.

En efecto, una mañana del mes de agosto hallábase doña Robustiana en el mostrador midiendo algunas varas de puntilla, cuando vio que oscurecía la luz de la puerta un objeto, un bulto, un cuerpo, un hombre, ¡don Benigno!... Cayósele de las manos la vara de medir, y dando un grito, extendió los macizos brazos por encima del mostrador. Cordero, a quien la emoción tenía mudo y aturdido, no acertaba a abrazar a su esposa convenientemente, hallándose por medio, como guión entre dos letras, la dura tabla del mostrador, y le dio una cabezada en el pecho. Entonces doña Robustiana cogiole con sus robustas manazas, tiró de él suspendiéndole, y don Benigno quedó de rodillas sobre el mostrador. Su amante esposa le oprimía contra su delantera, y así estuvieron largo rato entre babas y sollozos, hasta que vencida por su sensibilidad, que era más fuerte que ella, cayó redonda al suelo la esposa, como un colchón que recobra su posición natural. El mancebo corrió en busca de un sangrador.

—Esto no es nada —dijo don Benigno corriendo a desabrochar el corsé de su esposa, que no era tarea de un momento—. Robustiana... Robustiana... ¿Y qué tal? ¿Están buenos los niños? ¿Y Elena?... ¿En dónde están mis hijos?

El héroe de Boteros se bebía las lágrimas. No tardó la señora en volver de su soponcio, y abrazándose nuevamente ambos, derramaron más lágrimas. Don Benigno dijo entre pucheros:

—No más política, no más tonterías. La lección ha sido buena. Viva mi familia, que es lo único que me interesa en el mundo.

Los amigos de las tiendas cercanas acudieron a felicitarle; el mancebo corrió a traer a los chicos que ya habían ido a la escuela, y él, no pudiendo refrenar su impaciente anhelo de ver a Elena, corrió a la calle de Coloreros. Por el camino topaba a cada instante con amigos que le daban la bienvenida, y como casi todos se empeñaban en manifestarle su gozo con apretones de manos, abrazos y otras muestras de sensibilidad, al feliz padre le consumía el desasosiego, y procurando desasirse de las amistosas manos, exclamaba:

—Yo bueno... Estoy bien... Hasta luego, señores... Voy a ver a mi hija querida.

Y penetrando en el portal decía:

—Estará sola la pobrecita... ¡Qué alegría tendrá cuando me vea!... ¡Pobre ángel de mi vida!