Subió temblando, y al acercarse a la puerta, y cuando alargaba la mano para coger el verde cordón de la campanilla, sintió una voz de hombre que sonaba dentro de la casa. Era una voz agria, bronca, y pronunciaba atropelladamente palabras que no podían entenderse bien desde la escalera. Luego oyó don Benigno la voz de su hija, expresándose con agitación. Al buen ciudadano matritense se le heló la sangre en las venas, a pesar de no haber formado aún idea concreta de lo que oía, y llamó fuertemente con la campanilla y con los puños, gritando:
—Elena, hija mía, soy yo... ¡tu padre!
IX
Aquella mañana, cuando don Benigno estaba aún a dos leguas de la corte, entraba Sola en su casa después de una breve excursión por las tiendas.
—Querida niña —le dijo Sarmiento suspendiendo el barrido y apoyándose en el palo de la escoba—, Elenita Cordero ha venido a buscarte para que la acompañes un poco. Hoy está sola todo el día.
—¿Y no ha venido nadie más?
—Sí, ha venido también el caballero que estuvo ayer —repuso Sarmiento poniendo ceño de disgusto—. Puede que él crea que yo no le conozco a pesar de las barbas de capuchino que gasta... Si me parece que le estoy viendo en la sala de armas del castillo... Pero más vale callar... ¡Ah!, se me olvidaba decirte que ha dejado un paquete para ti.
—Sí..., hoy debía traerle —dijo Sola mirando a todos lados con ansiedad—. ¿En dónde lo ha dejado?
Don Patricio señaló una puerta, por la cual entró Sola corriendo. Fue derecha a tomar un paquete que estaba sobre su cama. Pálida y con los labios secos, le dio vueltas en sus manos temblorosas, buscando la lazada del cordón que lo ataba. La veía, la tocaba sin acertar a deshacerla: de tal modo se había vuelto torpe a causa de su gran emoción.
En el paquete había cartas, muchas cartas; pero Sola buscó entre todas una que debía de ser la principal, y hallada se puso a leerla. Por temor a ser interrumpida, encerrose en la alcoba, y sentándose en un rincón, arrojó todo su espíritu sobre un papel escrito. Allí estuvo largo rato aleteando sobre él, como la mariposa sobre la flor, y tan pronto lloraba como reía, según los sentimientos expresados por aquella sombra de un ser vivo a la cual se llama carta. Después miró uno por uno los sobrescritos de las otras, y al hacer esto no mostraba mucho contento, antes bien temor. Además, el paquete contenía una cajita pequeña con dinero en monedas de oro. Contolas una por una, y después lo guardó todo cuidadosamente, a excepción de las cartas que no eran para ella. De estas hizo un nuevo paquete que ocultó en su seno.