Púsose la mantilla para salir. Don Patricio vio pintado en el semblante de la joven el gran gozo que la dominaba, y dando el último escobazo, se dirigió a ella sonriendo. Sola se detuvo en la puerta, y mirando a su protegido con expresión de lástima y de bondad, le dijo:

—Abuelo Sarmiento, si yo tuviera que marcharme para Inglaterra, ¿qué harías tú, viejecillo bobo?

Y diciendo esto y sin dejar de mirarle, bajó la escalera.

Inmóvil y perplejo don Patricio, empuñando con su derecha mano el palo de la escoba, y alzando la siniestra hasta la altura de su frente, parecía la estatua erigida para conmemorar la petrificación del hombre.

Solita entró en casa de Cordero. Elena, que corrió a abrirle la puerta, le dijo:

—Hace una hora que te espero... Quítate la mantilla... Estoy sola con Reyes... Tengo muchas cosas que contarte.

Entraron en la sala. En el centro de ella había una gran mesa llena de puntillas que Elenita cosía unas con otras...

—¿Pero no te quitas la mantilla? —repitió la de Cordero, emprendiendo la obra interrumpida—. Hoy no sales de aquí en todo el día.

—Ahora mismo me voy —replicó Solita dejando escapar por sus ojos el contento.

—¡Vaya unas amigas! —dijo Elena manifestando en el tono su tristeza—. ¿A dónde vas ahora? Hace calor.