Máximo. Tan cierto como... como que tengo un hambre de cincuenta caballos.
Electra. Me alegro. Ahora falta que te guste la comida que te han hecho estas pobres manos.
Máximo. Tráela y veremos.
Electra. Al instante. (Corre al interior de la casa.)
ESCENA V
Máximo, Gil.
Máximo. ¡Singular caso! Cada palabra, cada gesto, cada acción de esta preciosa mujercita, en la libertad de que goza, son otros tantos resplandores que arroja su alma inquieta, noblemente ambiciosa, ávida de mostrarse en los afectos grandes y en las virtudes superiores. (Con ardor.) ¡Bendita sea ella que trae la alegría, la luz, a este escondrijo de la ciencia, triste, obscuro, y con sus gracias hace de esta aridez un paraíso! ¡Bendita ella que ha venido a sacar de su abstracción a este pobre Fausto,[56] envejecido a los treinta y cinco años, y a decirle: «no se vive sólo de verdades...» (Le interrumpe Gil que ha entrado poco antes; se acerca sin ser visto.)
Gil (satisfecho mostrando el cálculo). Ya está. Creo haber obtenido la cifra exacta.
Máximo (coge el papel y lo mira vagamente sin fijarse). ¡La exactitud!... ¿Pero crees tú que se vive sólo de verdades?... Saturada de ellas, el alma apetece el ensueño, corre hacia él sin saber si va de lo cierto a lo mentiroso, o del error a la realidad. (Lee maquinalmente sin hacerse cargo.) 0,318,73... Mirándolo bien, Gil, nuestras equivocaciones en el cálculo son disculpables.
Gil. Sí, señor... se distrae uno fácilmente pensando en...