Máximo. En cosas vagas, indeterminadas, risueñas, y los números se escapan, se van por los aires...
Gil. Y cualquiera los coge. Distraído yo, confundí la cifra de la potencial con la de la resistencia... Pero ya rectifiqué. Dígame si está bien...
Máximo (lee). 0,318,73... (Con repentina transición a un gozo expansivo.) Y si no lo estuviera, Gil; si por refrescar tu mente con ideas dulces, con imágenes sonrosadas, poéticas, te hubieras equivocado, ¿qué importaba? Nuestra maestra, nuestra tirana, la exactitud, nos lo perdonaría.
Gil. ¡Ah! señor, esa no perdona. Es muy severa. Nos agobia, nos esclaviza, no nos deja respirar.
Máximo. Hoy no: hoy es indulgente. La maestra, de ordinario tan adusta, hoy nos sonríe con rostro placentero. ¿Ves esa cifra?
Gil (diciéndola de memoria muy satisfecho). 0,318,73.
Máximo. Pues di que los primeros poetas del mundo, Homero[57] y Virgilio,[58] Dante,[59] Lope,[60] Calderón,[61] no escribieron jamás una estrofa tan inspirada y poética como lo es esa para mí, esos pobres números... Verdad que la armonía, el encanto poético no están en ellos: están en... Vete... Puedes irte a comer... Déjame, déjanos. (Le empuja para que se vaya.) No me conozco: yo también confundo... Lucido estoy con esta inquietud, con esta pérdida de mi serenidad... Es ella la que...
(Desde el punto conveniente de la escena mira al interior.) Allí está la imaginación, allí el ideal, allí la divina muñeca, entre pucheros... (Vuelve al proscenio.) ¡Oh! Electra, tú, juguetona y risueña, ¡cuán llena de vida y de esperanzas, y la ciencia qué yerta, qué solitaria, qué vacía!
ESCENA VI
Máximo, Electra.