Marqués. Hija mía, calma.
Máximo. Tú déjate, déjanos a nosotros.
Marqués. Por mi parte, para todas las contingencias que pueda traer esta travesurilla, tienen ustedes en mí un amigo incondicional, un defensor valiente.
Electra (cariñosa). ¡Oh, Marqués, qué bueno es usted!
Máximo. ¡Qué bueno!
Electra. ¿Y qué tienen que decir de mi café?
Marqués. Que es digno de Júpiter,[72] el papá de los Dioses. En el Olimpo[73] no lo sirvieron nunca mejor. ¡Benditas las manos que lo han hecho! Conceda Dios a mi vejez el consuelo de repetir estas dulces sobremesas entre las dos personas... (Muy cariñoso, tocando las manos de uno y otra.) entre los dos amigos que ahora me escuchan, me atienden y me agasajan.
Electra. ¡Oh, qué hermosa esperanza!
Marqués. Me voy a permitir, querido Máximo, emplear con usted un signo de confianza. No lo lleve usted a mal... Mis canas me autorizan...
Máximo. Lo adivino, Marqués.