Máximo. Mi opulencia es la sencillez, mi lujo la sobriedad, mi reposo el trabajo, y así he de vivir mientras esté solo.

Marqués. La soledad toca a su fin. Hay que determinarse. En fin, mi querido amigo, vengo a prevenir a usted... (Entra Electra con el café.) ¡Oh, la encantadora divinidad casera!

Electra (avanza cuidadosa con la bandeja en que trae el servicio, temiendo que se le caiga alguna pieza.) Por Dios, Marqués, no me riña.

Marqués. ¡Reñir yo!

Electra. Ni me haga reír. Temo hacer un destrozo.

¡Cuidado! (El Marqués toma de sus manos la bandeja.)

Marqués. Aquí estoy yo para impedir cualquier catástrofe. (Pone todo en la mesa.) No tengo porque reñir, hija mía. En otra parte[69] me asustaría esta libertad. En la morada de la honradez laboriosa, de la caballerosidad más exquisita, no me causa temor.

Máximo. Gracias, señor Marqués. (Les sirve el café.)

Marqués. No lo aprecian del mismo modo los señores de enfrente... La noticia de lo que aquí pasa ha llegado al Asilo de Santa Clara,[70] fundación de María Requesens. Confusión y alarma de los García Yuste. Allá está reunido todo el Cónclave.[71]

Electra. ¡Dios tenga piedad de mí!