Electra (aterrada). ¡Don Salvador! ¡El Señor sea conmigo!
Máximo. Adelante, señor de Pantoja. (Pantoja avanza silencioso, con lentitud.) ¿A qué debo el honor...?
Pantoja. Anticipándome a mis buenos amigos, Urbano y Evarista, que pronto volverán a su casa, aquí estoy dispuesto a cumplir el deber de ellos y el mío.
Máximo. ¡El deber de ellos... usted...!
Marqués. Viene a sorprendernos, con aires de polizonte.
Máximo. En nosotros ve sin duda criminales empedernidos.
Pantoja. No veo nada: no quiero ver más que a Electra, por quien vengo; a Electra, que no debe estar aquí, y que ahora se retirará conmigo, y conmigo llorará su error. (Coge la mano de Electra, que está como insensible, inmovilizada por el miedo.) Ven.
Máximo. Perdone usted. (Sereno y grave, se acerca a Pantoja.) Con todo el respeto que a usted debo, señor de Pantoja, le suplico que deje en libertad esa mano. Antes de cogerla debió usted hablar conmigo, que soy el dueño de esta casa, y el responsable de todo lo que en ella ocurre, de lo que usted ve... de lo que no quiere ver.
Pantoja (después de una corta vacilación, suelta la mano de Electra). Bien: por el momento suelto la mano de la pobre criatura descarriada, o traída aquí con engaño, y hablo contigo... a quien sólo quisiera decir muy pocas palabras: «Vengo por Electra. Dame lo que no es tuyo, lo que jamás será tuyo.»
Máximo. Electra es libre: ni yo la he traído aquí contra su voluntad, ni contra su voluntad se la llevará usted.