Marqués. Que nos indique siquiera en qué funda su autoridad.

Pantoja. Yo no necesito decir a ustedes el fundamento de mi autoridad. ¿A qué tomarme ese trabajo, si estoy seguro de que ella, la niña graciosa... y ciega, no ha de negarme la obediencia que le pido? Electra, hija del alma, ¿no basta una palabra mía, una mirada, para separarte de estos hombres y traerte a los brazos de quien ha cifrado en ti los amores más puros, de quien no vive ni quiere vivir más que para ti? (Rígida y mirando al suelo, Electra calla.)

Máximo. No basta, no, esa palabra de usted.

Marqués. No parece convencida, señor mío.

Máximo. Permítame usted que la interrogue yo. Electra, adorada niña, responde: ¿tu corazón y tu conciencia te dicen que entre todos los hombres que conoces, los que aquí ves y otros que no están presentes, sólo a ese, sólo a ese sujeto respetable debes obediencia y amor?

Marqués. Habla con tu corazón, hija; con tu conciencia.

Máximo. Y si él te ordena que le sigas, y nosotros que permanezcas aquí, ¿qué harás con libre voluntad?

Electra (después de una penosa lucha). Estar aquí.

Marqués. ¿Lo ve usted?

Pantoja. Está fascinada... No es dueña de sí.