ESCENA VI
Evarista, Pantoja, que en actitud de gran cansancio y desaliento se arroja en el banco de la izquierda, primer término.
Evarista. ¿Pasamos a casa?
Pantoja. No: déjeme usted que respire a mis anchas. En la iglesia me ahogaba... El calor, el gentío...
Evarista. Haré que le traigan a usted un refresco... Balbina!
Pantoja. Gracias.
Evarista. Una taza de tila...
Pantoja. Tampoco. (Sale Balbina. La señora le da la mantilla, que acaba de quitarse, y el libro de misa, y le manda que se retire.)
Evarista. No hay motivo, amigo mío, para tan grande aflicción.
Pantoja. No es mi orgullo, como dicen, lo que se siente herido: es algo más delicado y profundo. Se me niega el consuelo, la gloria de dirigir a esa criatura y de llevarla por el camino del bien. Y me aflige más, que usted, tan afecta a mis ideas; usted, en quien yo veía una fiel amiga y una ferviente aliada, me abandone en la hora crítica.