Evarista. Perdone usted, señor Don Salvador. Yo no abandono a usted. De acuerdo estábamos ya para custodiar, no digo encerrar, a esa loquilla en San José[89] de la Penitencia, mirando a su disciplina y purificación... Pero ha surgido inopinadamente la increíble ventolera de Máximo, y yo no puedo, no puedo en modo alguno negar mi consentimiento... Ello será una locura: allá se les haya...[90] ¿Pero de Máximo, como hombre de conducta, qué tiene usted que decir?

Pantoja. Nada. (Corrigiéndose.) ¡Oh, sí! algo podría decir... Mas por el momento sólo digo que Electra no está preparada para el matrimonio, ni en disposición de elegir con acierto... No rechazo yo en absoluto su casamiento, siempre que sea con un hombre cuyas ideas no puedan serle dañosas... Pero eso vendrá después. Lo primero es que esa tierna criatura ingrese en el santo asilo, donde la probaremos, pulsaremos con exquisito tacto su carácter, sus gustos, sus afectos, y en vista de lo que observemos se determinará... (Con altanería.) ¿Qué tiene usted que decir?

Evarista (acobardada). Que para ese plan... hermosísimo, lo reconozco... no puedo ofrecer a usted mi cooperación.

Pantoja (con arrogancia, paseándose). De modo que según usted, mi señora Doña Evarista, si la niña quiere perderse, que se pierda; si ella se empeña en condenarse, condénese en buen hora.

Evarista (con mayor timidez, sugestionada). ¡Su perdición!... ¿Y cómo evitarla?... ¿Acaso está en mi mano?

Pantoja (con energía). Está.

Evarista. ¡Oh! no... Me falta valor para intervenir... ¿Y con qué derecho?... Imposible, Don Salvador, imposible...

Pantoja (afirmándose más en su autoridad). Sepa usted, amiga mía, que el acto de apartar a Electra de un mundo en que la cercan y amenazan innumerables bestias malignas, no es despotismo: es amor en la expresión más pura del cariño paternal, que comúnmente lastima para curar. ¿Duda usted de que el fin grande de mi vida, hoy, es el bien de la pobre niña?

Evarista (acobardándose más). No lo dudo... No puedo dudarlo.

Pantoja (con efusión y elocuencia). Amo a Electra con amor tan intenso, que no aciertan a declararlo todas las sutilezas de la palabra humana. Desde que la vieron mis ojos, la voz de la sangre clamó dentro de mí, diciéndome que esa criatura me pertenece... Quiero y debo tenerla bajo mi dominio santamente, paternalmente... Que ella me ame como aman los ángeles... Que sea imagen mía en la conducta, espejo mío en las ideas. Que se reconozca obligada a padecer por los que le dieron la vida, y purificándose ella, nos ayude, a los que fuimos malos, a obtener el perdón... Por Dios, ¿no comprende usted esto?