Pantoja. Aguarda un instante. ¿Vas a que los pequeñuelos te comuniquen su alegría?

Electra. No, señor: voy a comunicársela yo a ellos, que la tengo de sobra. (Se aleja el canto del corro de niños.)

Pantoja. Ya sé la causa de tu grande alegría, ya sé...

Electra. Pues si lo sabe, no hay nada que decir... Hasta luego, Don Salvador.

Pantoja (deteniéndola). ¡Ingrata! Concédeme un ratito.

Electra. ¿Nada más que un ratito?

Pantoja. Nada más.

Electra. Bueno. (Se sienta en el banco de piedra. Pone a un lado las flores, y las va cogiendo para adornarse con ellas, clavándoselas en el pelo.)

Pantoja. No sé a qué guardas reservas conmigo, sabiendo lo que me interesa tu existencia, tu felicidad...

Electra (sin mirarle, atenta a ponerse las florecillas). Pues si le interesa mi felicidad, alégrese conmigo: soy muy dichosa.