Máximo. No veo, no puedo ver ideas grandes en quien no tiene grandeza, en quien no tiene piedad, ni ternura, ni compasión.

Pantoja. Mis fines son muy altos. Hacia ellos voy... por los caminos posibles.

Máximo (aterrado). ¡Por los caminos posibles! Hacia Dios no se va más que por uno: el del bien. (Con exaltación.) ¡Oh, Dios! Tú no puedes permitir que a tu Reino se llegue por callejuelas obscuras, ni que a tu gloria se suba pisando los corazones que te aman... ¡No, Dios, no permitirás eso, no, no! Antes que ver tal absurdo, veamos toda la Naturaleza en espantosa ruina, desquiciada y rota toda la máquina del Universo.

Pantoja. Sacrílego, ofendes a Dios con tus palabras.

Máximo. Más le ofende usted con sus hechos.

Pantoja. Basta. No he de disputar contigo... Nada más tengo que decirte.

Máximo. ¿Nada más? ¡Si falta todo![101] (Le coge vigorosamente por un brazo.) Ahora va usted conmigo en busca de Electra, y en presencia de ella, o esclarece usted mis dudas y me saca de esta ansiedad horrible, o perece usted y perezco yo, y perecemos todos... Lo juro por la memoria de mi madre.

Pantoja (después de mirarle fijamente). Vamos. (Al dar los primeros pasos sale Evarista de la casa.)

ESCENA XI

Los mismos, Evarista; tras ella la Superiora y dos Hermanas de La Penitencia; después Patros.