Máximo. ¿Viene usted a mi casa?
Marqués. Iremos un rato. Es posible que mi mujer me riña si sabe que visito el taller de Electrotecnia y la fábrica de luz. Pero Virginia no ha de ser muy severa. Puedo aventurarme... Después volveré aquí, y con el pretexto de admirar a la niña en el piano, hablaré con ella y continuaré mis estudios.
Máximo (alto). ¿Viene usted, Marqués?
Don Urbano. ¿Pero nos dejan?
Marqués. Me voy un rato con este amigo.
Evarista. Marqués, estoy muy enojada por sus largas ausencias, pero muy enojada. No podrá usted desagraviarme más que almorzando hoy con nosotros. Es castigo, Don Juan;[27] es penitencia.
Marqués. Yo la acepto en descargo de mi culpa, bendiciendo la mano que me castiga.
Evarista. Tú, Máximo, vendrás también.
Máximo. Si me dejan libre a esa hora, vendré.
Electra. No vengas, hombre... por Dios, no vengas. (Con alegría que no puede disimular.) ¿Vas a venir? Di que sí. (Corrigiéndose.) No, no: di que no.