Cuesta. El asunto es delicado, muy delicado... (Con fatiga y dificultad de respiración.) Perdone usted... padezco del corazón... no puedo estar en pie. (Electra le aproxima una silla. Se sienta.) Sí: tan delicado es el asunto que no sé por donde empezar.
Electra. Por Dios, ¿qué es?
Cuesta (animándose). Electra, yo conocí a su madre de usted.
Electra. ¡Ah! Mi madre fue muy desgraciada.
Cuesta. ¿Qué entiende usted por desgraciada?
Electra. Pues... que vivió entre personas malas que no le permitían ser tan buena como ella quería.
Cuesta. ¡Oh! Sin saberlo ha dicho usted una gran verdad... ¿Recuerda usted a su madre?... ¿Piensa usted en ella?
Electra. Mi madre es para mí un recuerdo vago, dulcísimo; una imagen que nunca me abandona... Viva la guardo en mi corazón, que no es todavía más que una gran memoria, y en esta gran memoria la están buscando siempre mis ojos ansiosos de verla. ¡Pobre madre mía! (Se lleva el pañuelo a los ojos. Cuesta suspira.) Dígame, Don Leonardo: cuando trataba usted a mi madre ¿era yo muy chiquitita?
Cuesta. Era usted una monada. Le hacíamos a usted cosquillas para verla reír; su risa me parecía el encanto, la alegría de la Naturaleza.
Electra. Vea usted por que he salido tan loca, tan traviesa y destornillada... Y alguna vez me cogería usted en brazos.