Cuesta. Muchísimas.
Electra (sonriendo sin acabar de secar sus lágrimas). ¿Y no le tiraba yo de los bigotes?
Cuesta. A veces con tanta fuerza, que me hacía usted daño.
Electra. Me pegaría usted en las manos.
Cuesta. ¡Vaya!
Electra. ¿Pues sabe usted que creo que todavía me duelen...?
Cuesta (impaciente por entrar en materia). Pero vamos al caso. Advierto a usted, Electra, que esto es reservadísimo. Queda entre los dos.
Electra. ¡Oh! me da usted miedo, Don Leonardo.
Cuesta. No es para asustarse. Vea usted en mí un amigo, el mejor de los amigos; vea en este acto el interés más puro, el sentimiento más elevado...
Electra (confusa). Sí, sí: no dudo... pero...