Electra (vivamente). ¿Cuántos? ¿Puedo yo acordarme de cuando usted fue malo, Don Salvador?
Pantoja. No. Cuando yo me envilecí, cuando me encenagué en el pecado, no había usted nacido.
Electra. Pero nací...
Pantoja (después de una pausa). Cierto...
Electra. Nací... Por Dios, señor de Pantoja, acabe usted pronto...
Pantoja. Su turbación me indica que debemos apartar los ojos de lo pasado. El presente es para usted muy satisfactorio.
Electra. ¿Por qué?
Pantoja. Porque en mí tendrá usted un amparo, un sostén para toda la vida. Inefable dicha es para mí cuidar de un ser tan noble y hermoso, defender a usted de todo daño, guardarla, custodiarla, dirigirla, para que se conserve siempre incólume y pura; para que jamás la toque ni la sombra ni el aliento del mal. Es usted una niña que parece un ángel. No me conformo con que usted lo parezca: quiero que lo sea.
Electra (fríamente). Un ángel que pertenece a usted... ¿Y en esto debo ver un acto de caridad extraordinaria, sublime?
Pantoja. No es caridad: es obligación. A mi deber de ampararte, corresponde en ti el derecho a ser amparada.