Electra. ¡Oh, no!

Pantoja. La inquietud que producen las conversaciones inconvenientes, se calmará con los conceptos míos bienhechores, saludables.

Electra. Es usted poeta, señor de Pantoja, y me gusta oírle.

Pantoja (le señala una silla: se sientan los dos). Hija mía, voy a dar a usted la explicación del cariño intenso que habrá notado en mi. ¿Lo ha notado?

Electra. Sí, señor.

Pantoja. Explicación que equivale a revelar un secreto.

Electra (muy asustada). ¡Ay, Dios mío, ya estoy temblando!...

Pantoja. Calma, hija mía. Oiga usted primero lo que es para mí más dolorosa. Electra, yo he sido muy malo.

Electra. Pero si tiene usted opinión de santo!

Pantoja. Fui malo, digo, en una ocasión de mi vida. (Suspirando fuerte.) Han pasado algunos años.