Máximo. Me servían detestablemente, me robaban... Estoy solo con el ordenanza y la niñera.

Evarista. Vente a comer aquí.

Máximo. ¿Y dejo a los chicos allá? Si les traigo, molestan a usted y le trastornan toda la casa.

Evarista. No me los traigas, no. Adoro a las criaturas; pero a mi lado no las quiero. Todo me lo revuelven, todo me lo ensucian. El alboroto de sus pataditas, de sus risotadas, de sus berrinches, me enloquece. Luego, el temor de que se caigan, de que les arañen los gatos, de que se mojen, de que se descalabren.

Máximo. Yo prefiero que me mande usted una cocinera...

Evarista. Irá la Enriquetilla. Encárgate, Urbano; no se nos olvide.

Máximo. Bueno. (Disponiéndose a partir.)

Evarista. Aguarda. Según parece, tus asuntos marchan. Ya sabes lo que te he dicho: si el Mágico prodigioso[39] necesita más capital para la implantación de sus inventos, no tiene más que decírnoslo...

Máximo. Gracias, tía. Tengo a mi disposición cuanto dinero pueda necesitar...

Don Urbano. Dentro de pocos años el Mágico será más rico que nosotros.