Don Urbano. Por cierto que de esta niña no debemos esperar nada bueno. Cada día nos va manifestando nuevas extravagancias, nuevas ligerezas...
Cuesta (con viveza). Que no significan maldad.
Don Urbano. Lo son como síntoma, fíjate, como síntoma. Por esto Evarista, que es la misma previsión, ha pensado en someterla a un régimen sanitario en San José[51] de la Penitencia.
Cuesta. Permíteme, querido Urbano, que disienta de vuestras opiniones. Dirás tú que quien me mete a mí...
Don Urbano. Al contrario... Como buen amigo de la casa, puedes darnos tu parecer, aconsejarnos...
Cuesta. Eso de arrastrar a la vida claustral a las jovencitas que no han demostrado una vocación decidida, es muy grave... Y no debéis extrañar que alguien se oponga...
Don Urbano. ¿Quién?
Cuesta. ¡Qué sé yo! Alguien. Hay en la vida de esa joven un factor desconocido... El mejor día... podrá suceder... no aseguro yo que suceda... el mejor día, cuando vosotros tiréis de la cuerda para encerrar a la niña contra su voluntad, saldrá una voz diciendo: «Alto, señores de Yuste, alto...»
Don Urbano. Y nosotros responderemos: «Bueno, señor incógnito factor... Ahí la tiene usted. Nos libra de una tutela enojosa, molestísima.»
Cuesta (sintiendo gran fatiga, se sienta). Esto es un decir, Urbano, un suponer...