Marqués (dándole los brazos). Mi querido Urbano...
Don Urbano. ¡Marqués! ¡Dichosos los ojos...![2]
Marqués. ¿Y Evarista?
Don Urbano. Bien. Extrañando mucho las ausencias del ilustre Marqués de Ronda.
Marqués. ¡Ay, no sabe usted qué invierno hemos pasado!
Don Urbano. ¿Y Virginia?
Marqués. No está mal. La pobre, siempre luchando con sus achaques. Vive por el vigor tenaz, testarudo digo yo, de su grande espíritu.
Don Urbano. Vaya, vaya...¿Con que...? (Señalando al jardín.) ¿Quiere usted que bajemos?
Marqués. Luego. Descansaré un instante. (Se sienta.) Hábleme usted, querido Urbano, de esa niña encantadora, de esa Electra, a quien han sacado ustedes del colegio.
Don Urbano. No estaba ya en el colegio. Vivía en Hendaya[3] con unos parientes de su madre. Yo nunca fui partidario de traerla a vivir con nosotros; pero Evarista se encariñó hace tiempo con esa idea; su objeto no es otro que tantear el carácter de la chiquilla, ver si podremos obtener de ella una buena mujer, o si nos reserva Dios el oprobio de que herede las mañas de su madre. Ya sabe usted que era prima hermana de mi esposa, y no necesito recordarle los escándalos de Eleuteria, del 80 al 85.