Electra. Sí. Y hay más: me pongo en ese estado singularísimo de mi cabeza y de mis nervios, que... Ya te conté que en ciertas ocasiones de mi vida se apodera de mí un deseo intenso de ver la imagen de mi pobre madre como la veía en mi niñez... Pues en cuanto arrecia la tiranía de Pantoja, ese anhelo me llena toda el alma, y con él siento la turbación nerviosa y mental que me anuncia...
Máximo. ¿La visión de tu madre? Chiquilla, eso no es propio de un espíritu fuerte. Aprende a dominar tu imaginación... Ea, a trabajar. El ocio es el primer perturbador de nuestra mente.
Electra (muy animada). Sigo lo que me habías encargado. (Coge unos frascos de substancias minerales, y los lleva a uno de los estantes.) Esto a su sitio... Así no pienso en el furor de mi tía cuando sepa...
Máximo (atento a su trabajo). ¡Contenta se pondrá! Como si no fuera bastante la locura de ayer, cuando te llevaste al chiquillo, y al devolvérmelo te estuviste aquí más de lo regular, hoy, para enmendarla, te has venido a mi casa, y aquí te estás tan fresca. Da gracias a Dios por la ausencia de nuestros tíos. Invitados por los de Requesens al reparto de premios y al almuerzo en Santa Clara,[52] ignoran el saltito que ha dado la muñeca de su casa a la mía.
Electra. Tú me aconsejaste que me insubordinara.
Máximo. Sí tal: yo he sido el instigador de tu delito, y no me pesa.
Electra. Mi conciencia me dice que en esto no hay nada malo.
Máximo. Estás en la casa y en la compañía de un hombre de bien.
Electra (siempre en su trabajo, hablando sin abandonar la ocupación). Cierto. Y digo más: estando tú abrumado de trabajo, solo, sin servidumbre, y no teniendo yo nada que hacer, es muy natural que...
Máximo. Que vengas a cuidar de mí y de mis hijos... Si eso no es lógica, digamos que la lógica ha desaparecido del mundo.